Relaciones Internacionales – Comunicación Internacional

Conectando con el cielo. ¡Adelante, Cirilo Rodríguez!

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Un segoviano en Nueva York

“Conectando con el cielo. ¡Adelante, Cirilo Rodríguez!”

Felipe Sahagún

Eran casi las siete y media, y yo empezaba a sentirme nervioso, como cada día que a las siete no había llegado a Prado del Rey para pedir en directo a los corresponsales los titulares, mientras revisaba el guión de la rueda de “España a las 8” que, desde las cinco y pico de la mañana, a partir de las agencias Reuter, France Presse y Efe, y de los periódicos del día, le preparaba cada madrugada desde mi regreso de Nueva York.

Diez meses y veintiún días se cumplían aquel 21 de noviembre de 1980 desde mi retorno de los EE.UU. para ayudar a Cirilo Rodríguez en la sección de internacional de RNE, que dirigía desde el 1 de julio de 1979. Sonó el teléfono. Era la voz de Montse,  Montserrat Villarrubias, la azafata de Iberia con la que Cirilo compartió los últimos años de su vida, que vivía en Madrid, por la zona de Arturo Soria.

“Cirilo ha muerto”, me dijo con voz temblorosa. “Se levantó como todos los días, fue al baño, se vistió, tomó un té y sintió como un mareo. Dijo que no se sentía bien, se sentó en la silla al lado de la cama y se fue”. Sus últimas palabras me llegaron a trompicones, entre lágrimas y sollozos.

Sentí como un puñal en el pecho, recuperé fuerzas para preguntarle si había llamado a las hermanas a Segovia, y me contestó que lo haría de inmediato. No recuerdo nada más de la conversación. Me costó levantarme de mi silla en la redacción para transmitirle a Manuel A. Rico, que dirigía entonces “España a las 8”, la mala noticia y sacar fuerzas de donde no había para sustituir a Cirilo minutos más tarde en la rueda de corresponsales.

Se me debía notar tanto la emoción que alguien pidió a Luis de Benito, responsable de deportes entonces en el primer diario hablado de la radio pública, que se sentase a mi lado en el  estudio por si yo no podía seguir. Con enormes esfuerzos terminé la rueda y me derrumbé, pero ya fuera de micrófono.

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Semana. 6-12-1980, p. 6

El mejor testimonio que escuché o leí en los días siguientes sobre él lo escribió José María Carrascal desde Nueva York en el ABC del 23 de noviembre. Lo pongo en negrita y en cursiva para destacarlo sobre los demás:

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ABC, 23 de nov de 1980, p. 30

“Nunca le oí hablar mal de nadie, lo que lo dice todo en este tiempo y en esta profesión”, escribe Carrascal. “Cirilo Rodríguez se nos ha ido como pasó a nuestro lado: discreto, cortés, sencillo, dispuesto siempre a echar una mano a quien se lo pidiese y a partir donde se le mandara. Se nos ha ido, sobre todo, sin retórica, cuando los demás no sabemos más que hacerla, como esto de decir que nos ha dejado un hueco inmenso dentro. Pero es verdad y no hay forma de decirlo.

Profesional ciento por ciento –siempre al pie del cañón, siempre de buen talante-, vivía por y para el periodismo. El periodismo auténtico, de ir a la noticia, de decir la verdad sin herir, de analizar sin meter contrabando. Aunque su calidad humana desbordaba cualquier marco, incluido el periodístico. De él podía decirse también aquello que cuanto más se le pedía, más daba. Su casa, como su corazón, no tenía puertas ni ventanas. Pero tenía paredes y cimientos tan sólidos como los del acueducto de esa Segovia que nunca olvidaba.

Nunca se quejó de nada, aunque tenía bastantes motivos para hacerlo. El régimen anterior le postergó y el nuevo, en su afán diletante de cambiar lo superficial, tal vez para que no se note que lo esencial permanece, le sacrificó. Aunque hombre de radio, le hubiera gustado hacer más en televisión, pues conocía como pocos sus alcances. Pero ni aquella ni esta televisión supo o quiso aprovecharle en lo que valía…”

“Cirilo fue nuestra insustituible atalaya en América y desde hace años nos traía, a la hora del desayuno, el eco de los acontecimientos del mundo”, publicó TELE/RADIO al día siguiente en un artículo sin firma que terminaba con unas declaraciones en las que el propio Cirilo, siete años antes, decía de sí mismo:

“Cirilo Rodríguez, como persona, es un tipo muy extraño y, al mismo tiempo, muy simple. Por efecto de la popularidad, la gente se empeña en buscarme facetas que no tengo, sin darse cuenta de que yo puedo ser persona muy normal, que es, de hecho, lo que soy. Al decir que soy muy extraño, es quizá porque me ha tocado vivir muchas épocas distintas, por lo que me he hecho demasiado escéptico en muchas cosas, endurecido en otras y muy blando en el resto”.

Diez Minutos le dedicó en su número del 6 de diciembre cuatro páginas, con 16 fotografías del entierro, del piso de Montse en Madrid y de algunos de sus incontables amigos.

“Hace años estuvimos muy unidos e incluso tuvimos proyectado nuestro futuro en común”, confesaba la actriz Charo Soriano.

“Era un profesional de cuerpo entero, pero también un hombre a quien le gustaba aislarse”, comentaba José Antonio Plaza, ex corresponsal en Londres. “Era un íntimo amigo”, decía Jesús Picatoste. “Vivimos en Nueva York en la misma casa. El en el piso 12 y yo en el 14, en el 225 E de la calle 36. Era un profesional muy bueno”.

“Coincidí profesionalmente con Cirilo cuando él estaba en Nueva York y yo en París”, explicaba José Luis Balbín. “Era uno de los mejores profesionales en radio y en televisión, y no lo digo ahora porque haya desaparecido. Si me preguntas hace una semana por los seis mejores profesionales te hubiese incluido a Cirilo. Y no creo, como se dice por ahí, que fuese un hombre introvertido. Creo que tenía una personalidad muy original y una agudísima inteligencia”.

Jesús Hermida, su hermano del alma, con quien estrenó la primera corresponsalía de RTVE en Nueva York en 1968 (el nombramiento de los dos lleva por fecha el 9 de abril del 68), se declaraba “profundamente indignado con la vida y con la forma de truncarse” y añadía: “Cirilo era una magnífico profesional y con esto no descubro nada. Para la radio era un verdadero genio. Estaba ya delicado. En Estados Unidos ya había ingresado un par de veces en una clínica…” La verdad es que estuvo hospitalizado muchas más.

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Declaraciones a Semana, 6 de diciembre de 1980, p. 9

“Me parecía uno de los profesionales más serios de la casa”, comentaba Rosa María Mateo. “También opino que no estaba valorado(…) como se merecía”.

En tres páginas, con otras 16 fotografías de la vida, de la muerte y de algunos de sus amigos, la revista Semana del 8 de diciembre aportaba más datos y más opiniones sobre el periodista que, en los últimos años de su vida, se había convertido para mí en una especie de hermano mayor.

“Desde 1974 se separaron Televisión y Radio nacional, y desde entonces cada uno dependimos de un departamento distinto, aunque eso no significó en absoluto que se cortara nuestro contacto”, explicaba Hermida en Semana. Es cierto, como lo es también que aquella separación fue un duro golpe para Cirilo, pues le obligó a dejar de hacer televisión, que era lo que, en realidad, más le gustaba.

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Portada de Diez Minutos, 6/12/1980

Pocos días antes de morir, el propio Cirilo me llevó a ver un piso que había comprado en la plaza de López de Hoyos. Lo acababa de reformar, estaba listo para la inauguración y sobre la cocina, sin estrenar, tenía un proyecto de programa de televisión, ya aprobado, que me mostró con la ilusión de quien tiene toda una vida por delante. El programa iba de perfiles de personajes del mundo con reportajes sobre su vida y trabajo, y entrevistas en profundidad con ellos. Sin hablarlo, como cuando renuncié a la corresponsalía del Ya que, con la ayuda de Marcelino Oreja, me ofreció Jiménez Quílez al morir el Informaciones, dio por hecho que yo dejaría todo y me iría con él a ese programa. Lo habría hecho a ciegas, aunque nunca se lo dije.

“Sus mejores virtudes eran la lealtad y la honestidad, que marcaron toda su carrera”, declaraba Tico Medina en Semana. Alfredo Amestoy recordaba a renglón seguido cuando Cirilo le prestó su casa de Nueva York para la despedida de soltero. “Más que un domicilio particular parecía un club de periodistas, pues a ella acudía la mayoría de los corresponsales hispanoamericanos”, añadía. “Era un profesional como la copa de un pino, muy inteligente y cultísimo, que nunca rindió al máximo de sus enormes posibilidades, y no por culpa suya, naturalmente”.

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Semana, 6 dic 1980, p. 9

“Jamás ejerció de jefe”, recordaba Eduardo Sotillos, corresponsal en Lisboa el día que murió Cirilo. “Era un amigo de todos, un compañero más… Lo que más me impresionaba de él era su profundo conocimiento del oyente medio. Lo digo porque su gran preocupación era que cuanto se dijera ante el micrófono resultase claro e inteligible para ese oyente medio que no está demasiado al tanto de la actualidad mundial”.

Una noche de 1976 me llamó su sustituto habitual en Nueva York cuando estaba de viaje o enfermo, Delfín García, para pedirme que hiciera yo “España a las 8”, pues él no podía. Así empezó mi relación con Cirilo. Con los meses, cuando no estaba en su casa, me quedaba a dormir en ella, pues él tenía instalado junto a su mesa de trabajo un equipo de radio conectado directamente al control central de Prado del  Rey .

Por la diferencia horaria, la rueda de corresponsales terminaba sobre las 3 de la mañana, hora de Nueva York, y era una odisea volver a mi estudio, en la universidad de Columbia, cruzando medio Manhattan a esas horas, con frecuencia en taxis desvencijados y con taxistas que, más que conducir, volaban por curvas de Central Park. Tan cargados iban de droga.

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Lecturas, 5 de dic 1980, p. 42

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Dos años después, me instalé en un apartamento del mismo edificio de Cirilo, con lo que sólo tenía que subir dos pisos y ya estaba en la oficina de la radio, es decir, en casa del corresponsal. Recuerdo que el portero puertorriqueño me instaló una cama y, al enterarse de que yo era español, me dijo: “Aquí durmieron Jesús (Picatoste) y Pilar (Cernuda)”.

En la biblioteca de Cirilo destacaban libros de poesía, que le encantaba, y obras clásicas sobre la mujer, el amor y los viajes. En un extremo, entre varias fotografías, sobresalía un ejemplar de El mundo de Mrs. Biddle. Crónicas de América, su primer libro, un ensayo fruto de los meses que vivió y estudió, antes de ser nombrado corresponsal, en la ciudad neoyorquina de Siracusa. Mrs. Biddle, escribo de memoria, creo que era el nombre de su matrona, amiga e introductora en la vida estadounidense y en ese libro, que también se convirtió en una serie magnífica de Radio Segovia, hace un retrato literario de la sociedad estadounidense de los años sesenta.

Conocí a varias mujeres enamoradas locamente de Cirilo, que murió soltero, y me tocó lidiar con algunas situaciones delicadas cuando se olvidaba de haber quedado con dos en la misma tarde, normalmente de los viernes. Incluso después de muerto viví situaciones tan embarazosas que prefiero guardármelas y contárselas sólo a él cuando volvamos a vernos. Nunca creí que pudieran existir tales amores.

Tampoco olvidaré el dibujo de Quesada en Pueblo pocos días después de su muerte: un paisano encorbatado camina entre los rascacielos neoyorquinos, mano derecha en el bolsillo, mano izquierda sosteniendo un transistor pegado a la oreja y lagrimones cayendo por su mejilla. Del loro sale una voz que dice: conectamos con el cielo, ¡adelante Cirilo Rodríguez!

En las biografías oficiales que publicaron los periódicos y las revistas aquellos días citan el 31 de diciembre de 1926 como su fecha de nacimiento, lo que significa que murió 41 días antes de cumplir los 54 años. Consiguió la corresponsalía, por lo tanto, con 43 años, algo sorprendente para mí, que llegué con 23 a la corresponsalía de Nueva York.

En las muchas horas que compartimos –él normalmente empalmando un cigarrillo con otro a pesar de su maldito enfisema, que es lo que le mató, no lo que dijo la prensa, rara vez hablamos de nuestras vidas privadas. Sólo recuerdo referencias esporádicas, muy aisladas y  breves, a la muerte de su  madre siendo él muy pequeño; a su madrastra, Fernanda, que, con 80 años, asistió al entierro de Cirilo el 22 de noviembre en el camposanto del Santo Angel de Segovia; de cuando iba en vespa a estudiar a Valladolid desde Segovia con unas heladas de muerte; de sus comienzos en Radio Segovia y de su salto a RTVE a mediados de los sesenta.portada-libro

En los EE.UU., esto ya es muy conocido, le tocó cubrir la llegada del hombre a la luna, el asesinato de Robert Kennedy, la guerra de Vietnam, el triunfo de Carter y, sobre todo, el ascenso y caída en el abismo del Watergate de Richard M. Nixon.

En septiembre de 1974 publica su segundo libro: Adiós, Mister Nixon. En el prólogo, a modo de justificación, escribe algunas de las frases que mejor reflejan su forma de entender el mundo, la vida y el periodismo:

Guarda el hombre en lo más íntimo de su corazón el deseo, la esperanza o el orgullo de sentirse alguna vez en su vida protagonista. De lo que sea, pero protagonista. Del éxito, de la catástrofe, del récord, de la noticia.  El hombre querría ser algún día parte principal de la historia. Para morir un poco menos. Para poner una luz, por pequeña y mísera que sea, en el recuento de su vida, en el monótono trazo horizontal y negro que es el pasado cuando se mira desde el no-más-futuro.

Los periodistas somos más humildes. Nos basta con ser testigos. Testigos del brillo de los protagonistas. En vez de “yo hice”, queremos contar a nuestros nietos un “yo estaba allí”. Somos humildes, porque somos pobres de sueños. Nos conformamos con que el sueño ocurra. Y con estar.

Muchas veces me han preguntado cuál ha sido el acontecimiento más importante que me tocó decir, contar, explicar o interpretar. Y tengo ganas siempre de responder que no fue la muerte de Robert Kennedy, ni las dos elecciones norteamericanas, ni la llegada de los primeros hombres a la Luna, ni la entrada de China en la ONU, ni el final de la guerra de Vietnam; que fue el sentimiento de terror experimentado la primera vez que entré en la Casa Blanca y vi de cerca al presidente Nixon. No puedo explicar las razones, pero aquel edificio de limpias paredes me daba escalofrío, quizás por sentirme en el interior de un refugio donde se dicta, se rige y ordena y se controla el mundo. Y pensaba ¿qué ocurriría si en la Casa Blanca, en vez de un presidente hubiera un rey? Y me preguntaba ¿qué pasaría si en la Casa Blanca, en vez de un sensato político, hubiese un loco? Y me decía: ¿Habrá algo capaz de sacudir el recio cimiento de la Casa Blanca, algo capaz de romper el aire de confianza, de poder, de orgullo aldeano que se respira?

Le tocó ser testigo de ese algo y, en el libro citado, lo contó como una confesión, como un recuerdo amargo y, a la vez, como un homenaje al pueblo estadounidense por haber logrado echar a un presidente mentiroso de la Casa Blanca. “Creo que el terrible trauma sufrido por los escándalos políticos de la Administración Nixon es, más que una mancha, un triunfo”, concluye. Aparte de un magnífico trabajo de investigación, el libro sintetiza, contextualiza y amplía muchas de sus mejores crónicas desde Nueva York.

El testimonio más sentido de Hermida sobre Cirilo está, creo, en el artículo titulado “No una lágrima, sino una sonrisa”, que escribió en El Pais el 22 de noviembre del 80, y en un larga carta personal escrita a mano que envió a Cirilo pocos meses antes, tras la visita de Nixon a Madrid, dándole las gracias por la enhorabuena que Cirilo le había transmitido por las crónicas de Hermida para los telediarios de la entonces televisión única, TVE, sobre el viaje del ex presidente. Escribo de memoria, pero creo que fueron las últimas crónicas de Hermida en un Telediario.

La carta era una especie de confesión personal sobre una amistad que había sobrevivido a todo tipo de tormentas. Del artículo -una pieza maestra, inconfundible, del estilo Hermida- recojo los dos últimos párrafos:

“Así y todo es como propio, como digno aunque sea también como injusto y nada conveniente, que se quedara sin palabra a punto que estaba de tomar él su palabra. Porque Cirilo Rodríguez vivió y trabajó con la palabra. Que no es poca cosa ni mediana carga ni liviano menester. Yo, claro, le he visto y le he oído y le he sentido manejar ese instrumento de la palabra muchas veces y doy fe y certifico y mantengo que, junto al micrófono, se trasmudaba. Consciente, intencionada, hasta fríamente. Que es (a diferencia de los muchos desmelenados incívicos y pelafustanes que nos atacan por algunos flancos de la radio) el sello de un profesional. Cirilo tenía el don de saber utilizar el micrófono como un instrumento y nunca como un sofá.

Cierto, ciertísimo, y yo lo sé, que alguna vez sí lo utilizó para sacarse del alma un grito o una sanísima rebeldía, que así de problemáticas le fueron de tiempo en tiempo las cosas y así pidieron, como quien pide una cabeza, su voz. En cualquier caso, y sea como sea y por lo que sea, para mí tengo que volvió a España, tras más de diez años en su amadísimo Nueva York, con la ilusión y la esperanza de hacer más cosas que las que pudo hacer y, sin duda, hubiera hecho. Pero su obra en la radio, recortada por las circunstancias y cortada por la muerte, ya vale, ya está, ya habremos de contar con ella. Se puede aprender de Cirilo. Yo lo hice”.

En los días siguientes a su muerte recibí numerosas cartas y llamadas telefónicas de personas que habían conocido a Cirilo. Como botón de muestra, recojo una que me hizo llegar el entonces embajador en El Cairo, mi buen amigo Alberto López Herce, a quien habíamos conocido bien todos los corresponsales españoles en Nueva York, donde ejerció de cónsul durante varios años. Nunca olvidaré tampoco a sus dos magníficos vicecónsules: Jorge Dezcallar y Paco Viqueira. carta-del-embajador-alberto-lopez-herce

Nada amigo de consejos ni de sermones, obsesionado con la libertad personal y la justicia social, crítico siempre de los abusos del poder y amigo siempre de los más débiles, sólo recuerdo un comentario que Cirilo repetía de vez en cuando, medio en serio medio en broma, sobre la forma de hacer buena radio: “empieza con una frase que enganche y termina con una que se recuerde, que anime al oyente a seguir enganchado”.

En Nueva York me hablaba con frecuencia de sus viajes a Nepal y, ya en Madrid, de sus escapadas, muchos fines de semana, a su Segovia del alma. El oxígeno, el pulmón castigado, el cordero, la familia y los amigos tiraban de él como un imán, pero su país, su verdadera patria, fue el mundo.

Releo en mis archivos algunas de sus últimas crónicas sobre Belice, las Malvinas, los no alineados y la compra, decidida por Felipe González, de 72 aviones F-18A a los EE.UU.. Son, todas, crónicas muy elaboradas, bien documentadas, editadas concienzudamente a mano, con tachaduras de rotulador negro.

Le acompañé en sus últimos directos desde el aeropuerto de Barajas sobre visitas de altos dignatarios extranjeros y le edité los trabajos de sus últimos viajes con los Reyes por Indonesia para RNE, algunos de ellos en tándem con Magín Revillo y Diego Armario. En Cirilo no había nada de improvisación, pero, al escucharle en la radio o verle en televisión, como decía Hermida, se transformaba.

Me contó en más de una ocasión que, cuando iba de vacaciones por Cedillo de la Torre (Segovia), un anciano le criticaba sus crónicas desde Nueva York con estas palabras: “Cirilín, Cirilín, qué bien hablas y qué poco se te entiende”. Siendo justos, creo –lo señalaba Sotillos- que siempre tuvo en cuenta, en cada crónica, ese peligro. Cuando el cuerpo no le respondía, le ayudaba para sonar ante el micrófono o aparecer ante la cámara con la fuerza vital que convirtió en su imagen de marca.

EPÍLOGO

 

El nombre de Cirilo Rodríguez seguramente estaría sólo en el recuerdo de unos pocos amigos si un reducido grupo de segovianos, con Aurelio Martín y Alfredo Matesanz al frente, no hubieran dado vida a los Premios que llevan su nombre, los más prestigiosos de España en el reconocimiento del trabajo de los corresponsales y enviados especiales españoles.

En 2010, XXV aniversario de los Premios, Aurelio coordinó la edición de un libro -SEGUIREMOS INFORMANDO-, en el que se recogen textos de los 25 primeros premiados y otros tantos perfiles sobre ellos. Si añadimos a esa lista la de los 50 que, hasta ese año -hoy serían 18  más -, habían recibido el reconocimiento de la Asociación de la Prensa y de las principales instituciones segovianas, tenemos lo mejor del periodismo internacional español de los últimos 36 años.

 

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No están todos los que son, sin duda, pero los que están merecen ese reconocimiento. En la red podemos encontrar vídeos sobre la reunión anual de la tribu. Arriba, el de 2013.

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Un Comentario

  1. Gracias, Felipe, por alumbrar aún más la calidad humana y profesional de Cirilo Rodríguez y descubrírselo a quienes no tuvieron oportunidad de conocerlo. Un abrazo.

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