Relaciones Internacionales – Comunicación Internacional

Corresponsales extranjeros en la guerra civil española

En mayo de 2007 se publicó en España el libro de Paul Preston sobre los corresponsales extranjeros en la guerra civil española. Una tarde me llamó Fernando González Urbaneja, que entonces presidía la Asociación de la Prensa de Madrid, para preguntarme si podría entrevistarle al día siguiente para la revista Cuadernos de Periodistas de la asociación. Esa misma tarde me envió un ejemplar y me encerré a leerlo. Creo que no dormí esa noche más de dos o tres horas. Como había quedado con el hispanista británico en un hotel de la calle Goya a las 4 de la tarde del día siguiente, me dio tiempo a terminarlo.

Habiendo dedicado muchas horas al tema en mi trabajo doctoral y en incursiones posteriores para conferencias, seminarios y la revista del Club Internacional de Prensa, conocía muchos detalles y casi todos los nombres me hacían revivir obras de autores que, a comienzos de los 80, leí con gran interés.

Todo esto lo tenía olvidado hasta la madrugada del 5 de mayo de 2013. Recopilando documentación para otro encargo de Cuadernos de Periodistas sobre la crisis de los corresponsales extranjeros, me encontré en la página del Instituto Cervantes con un texto de Preston sobre los corresponsales en la guerra civil. Rescaté el libro de mi biblioteca y comprobé que el texto era un amplio resumen o adelanto del libro para una exposición del instituto celebrada en 2006, como el propio Preston nos cuenta en la entrevista que pueden leer en esta entrada. Disfrutemos, primero, con el artículo, que es una joya.

Al finalizar la Guerra Civil española, Frank Hanighen, que durante un tiempo había sido corresponsal en España, editó los relatos de las vivencias de algunos de sus compañeros de profesión. Según Hanighen «la Guerra Civil española supuso el inicio de una nueva etapa, con mucho la más peligrosa de todas, en la historia del reportaje periodístico». Años más tarde, Herbert Southworth, que en aquel momento escribía para el Washington Post y se convirtió en un renombrado experto en periodismo y propaganda durante la guerra, subrayó el singular papel que jugaron los corresponsales en España: «La Guerra Civil española afectó de forma directa solamente a una pequeña parte del globo, pero atrajo hacia España la atención del mundo entero. De hecho, la prensa que cubrió la guerra española fue, tanto en lo que se refiere a los actores como a sus interpretaciones, más variada que la prensa que cubrió la Segunda Guerra Mundial. Por ello, durante la Guerra Civil el campo abierto a los propagandistas era amplio y diverso».

Hanighen destacó las dificultades a las que se enfrentaban los corresponsales: cinco de ellos murieron durante la guerra, otros resultaron heridos. En ambos bandos los corresponsales estaban expuestos al peligro de los francotiradores y a los ataques y bombardeos de las fuerzas aéreas. También en ambos bandos, era difícil sortear el control del aparato censor, aunque si esto podía ser un problema en la zona republicana, en la zona rebelde suponía directamente peligro de muerte. En la zona franquista, algunos corresponsales, como Edmond Taylor, jefe del departamento para Europa del Chicago Daily Tribune, Bertrand de Jouvenal del Paris-soir, Webb Miller de la United Press, Arthur Koestler y Dennis Weaver, ambos del News Chronicle, se contaron entre los que fueron encarcelados y amenazados con ser ejecutados.

En comparación, el aparato de prensa de la República facilitaba más que impedía el trabajo de los corresponsales. Constituía una sección del Ministerio de Estado, y algunos días después del golpe militar se estableció en el edificio de trece plantas de la Telefónica, donde se ubicaba el cuartel general de la American International Telephone and Teleghraph Company (ITT). Al ser el edificio más alto de Madrid, fue con frecuencia blanco del fuego de la artillería y era alcanzado con regularidad. Desde allí, los periodistas enviaban sus crónicas a los censores antes de que se les permitiera comunicarlas por vía telefónica a sus periódicos. En medio de un ensordecedor caos idiomático, los empleados de la ITT tenían que escuchar con gran atención para asegurarse de que lo leído no difería del texto censurado. A pesar de los bombardeos, los censores, las telefonistas y los corresponsales simplemente seguían trabajando. Algunos periodistas vivían en el Hotel Gran Vía, que estaba justo al otro lado de la calle. Mucho más popular era el Hotel Florida, en la esquina de la plaza de Callao, un poco más abajo, en la misma Gran Vía.

Koltsov en mitin de la Alianza de Intelectuales Antifascistas, Madrid, 27 de septiembre de 1936. A su derecha, Rafael Alberti, en el centro José Bergamín y al final de la mesa, María Teresa León.

En la zona republicana las mayores dificultades se debían a las carencias materiales. Al avanzar la guerra, los periodistas, como el resto de la población, se veían obligados a gorronear para conseguir comida y cigarrillos. Ernest Hemingway incrementó su popularidad gracias a la enorme reserva de alimentos (tocino, huevos, café, mermelada) y bebidas (whisky y ginebra) que almacenaba en su habitación en el Florida. Sus existencias las reponía y distribuía su fiel amigo Sydney Franklin, un torero estadounidense. Sefton Tom Delmer tenía en su cuarto de baño un bar repleto de botellas, que había comprado a los anarquistas que habían saqueado las bodegas del Palacio Real. El Hotel Florida, al igual que el edificio de la Telefónica, se encontraba en la línea de fuego y con frecuencia recibía el impacto de la artillería rebelde. Ante la imposibilidad de dormir durante los bombardeos de la artillería, cada noche se convertía en una fiesta en el patio del hotel… seguir leyendo

Entrevista con Paul Preston

Los corresponsales extranjeros en la Guerra Civil

Felipe Sahagún

Paul Preston nos recibe en un hotel céntrico de Madrid el miércoles, 31 de mayo, a las cuatro y  media de una tarde plomiza que amenaza tormenta. Los amigos de Random House Mondadori, reponsable de la edición en castellano, le han organizado, aprovechando la Feria del Libro, una apretada agenda de entrevistas y disponemos de una hora, aproximadamente, para hablar de su último libro.

We saw Spain die es su título en inglés, sustituido con enorme libertad, libertinaje más bien, en la edición en español por Idealistas bajo las balas. Corresponsales extranjeros en la guerra de España.  Habiendo conocido y admirado a Herbert Matthews, el gran corresponsal del New York Times en la Guerra Civil, de la que nos dejó, amén de numerosas y excelentes crónicas, el libro Half of Spain Died, confieso que me gusta más el título en inglés, pero vayamos a su contenido.

Felipe Sahagún (F.S.)- ¿Refleja este título lo que ha descubierto en la investigación sobre las vidas de los corresponsales o hubo de todo?

Paul Preston (P.P.)- Evidentemente, hubo de todo. El periodista es humano y no pretendí nunca hacer una enciclopedia de todos los corresponsales que pasaron por España. En algún momento hice un recuento y llegué a casi mil nombres de periodistas que estuvieron aquí: unos, dos días; otros, semanas; algunos como turistas. En el libro recojo las biografías de seis, pero hay otros que salen con mucha frecuencia. Creo que hablo de una veintena de los más importantes. Hay zonas o áreas de las que no hablo.

Por ejemplo, no hablo de los nazis porque tanto ellos como los fascistas italianos provenían de países donde no había libertad de prensa y su papel en la zona rebelde se limitó a ensalzar a sus regímenes y la causa rebelde. Sería absurdo referirse a ellos como idealistas. Eran propagandistas. Ni más ni menos. En cualquier título hay siempre una cierta falsedad, pero,  en general, diría que el 80 por ciento del libro trata de gente que podríamos definir como idealista. Por supuesto, había también muchos cínicos. También conservadores católicos que, si eran sinceros y escribían cosas interesantes, yo les habría incluido como idealistas. Lo que pasa es que encontré en sus escritos, sobre todo, falsificaciones de noticias y, claro, eso no permite hablar de ellos como idealistas.

Para mí, la gran mayoría de los protagonistas del libro fueron idealistas en el sentido de que tenían unos altos valores éticos y profesionales, y en ningún momento salieron de unos límites éticos y profesionales que se habían impuesto a sí mismos.

F.S.- ¿Cómo surge la idea, después de tantos años investigando la Guerra Civil, de dedicar un libro precisamente a los corresponsales y por qué, finalmente, ahora?

P.P.- Siempre he ido a remolque de mi nariz. Se me ocurre algo y voy como un sabueso siguiendo unas pistas. En este caso hay un antes y un después. El antes es que, en cierta medida, uno de mis grandes maestros fue un periodista. Creo que los periodistas serios y los historiadores serios somos del mismo gremio. Los periodistas hacen el primer borrador y nosotros, con la ventaja de la retrospectiva, podemos elaborar y pulir más, pero estamos en lo mismo y el buen periodista hace siempre el primer borrador. Mi maestro fue Herbert Southword, a quien dedico este libro. El me infectó una gran admiración hacia los grandes  periodistas de la época.

Creo que jamás ha habido una guerra en la que ese concepto de primer borrador haya sido tan profundo  y tan importante con periodistas como Jay Allen, Herbert Matthews y George Steer. De entrada, ya tenía en mente una idea de su importancia y, en algunos casos, memorias que había leído de ellos me habían parecido de los textos más importantes sobre la Guerra Civil y eso lo dice alguien que ha pasado su vida entera leyendo libros sobre la Guerra Civil.

Mantuve mi interés y mi compromiso haciendo ediciones de sus libros. Por ejemplo, en Espasa Calpe había hecho una edición de Vida y muerte de la República, de Henry Buckley. También había hecho una edición de El árbol de Guernica, de Steer. Dicho todo esto, si hace dos años usted me pregunta si, en dos años, escribiría un libro sobre los corresponsales en la Guerra Civil, me habría parecido una locura. El detonante, en realidad, fue la Exposición sobre Corresponsales que hizo el Instituto Cervantes con la Fundación Pablo Iglesias (en el otoño-invierno de 2006). Al preparar esa Exposición, me pidieron que hiciera parte del catálogo. Interrumpí lo que estaba haciendo en ese momento y me puse a ello. Al empezar a rasguñear un poquitín, me obsesioné. Empecé a encontrar diarios, cartas, una materia tan fascinante que no lo pude dejar. Hasta el punto, casi, de correr el riesgo de divorciarme, pues este libro lo he hecho en quince meses, pero trabajando los siete días de la semana, catorce horas por día, como un obseso, y mi mujer me quería echar de casa.

F.S.- Si se hubiera metido en hemerotecas y se hubiera centrado en crónicas, nada más, de los corresponsales seleccionados ¿cree que habría llegado al mismo resultado o a otro mucho más pobre? Y, cuando hace la selección de las treinta mejores crónicas para la Exposición y de los autores para el libro, ¿aplicó algún criterio concreto?

P.P.- Es evidente que, si hubiera empezando leyendo crónicas, habría hecho un libro totalmente distinto y mucho más pobre. Lo que intenté hacer ha sido totalmente diferente. Si buscáramos un hilo conductor, sería tratar de averiguar si la vida diaria y las condiciones por las que tuvieron que pasar aquí en España los corresponsales en ambas zonas ayudan a entender mejor la realidad de la Guerra.

F.S.- ¿Cambió en algo esta investigación sus convicciones y sus conclusiones después de tantos años investigando este tema -ahí están, como prueba, obras tan importantes como La Guerra Civil o La destrucción de la democracia en España: reforma, reacción y revolución de la Segunda República?

P.P.- Me consolidó mucho la idea que tenía de la zona franquista, donde se intenta y se logra imponer una dictadura. Las instrucciones secretas del general Mola, el director de la conspiración, de eliminar por el terror a los que no pensaban como ellos reflejan una incompatibilidad total con la libertad de prensa. Como se demostró en los años siguientes, la libertad de prensa les importó un bledo. Todo lo contrario. Encontré muchas pruebas que reforzaron mi idea previa de la dictadura militar.

En el caso de la zona republicana,  esta investigación enriqueció mi concepto de lo que era la política republicana: su riqueza, sus contradicciones…

Entrevista completa con Paul Preston (31 de mayo de 2007)

Jan 2007 exhibition at Instituto Cervantes recalling the reporting of the Spanish Civil War (Sonia Pérez Marco/Instit. Cervantes)

ELAINE SCIOLINO published a feature on Jan 30, 2007 in The New York Times about the exhibition that,  as Preston himself explains in our conversation above, pushed him to extend his research into the final book.

MADRID — It was “the golden age of foreign correspondents,” the historian Hugh Thomas wrote, a period in the late 1930s when the literary elite descended on Spain armed with a lust for adventure and belief in a cause.

The lure was the Spanish Civil War. In February 1936 Spanish voters elected, by a small plurality, a center-left coalition of Socialists, Communists, Republicans and Anarchists. Then in July, Gen. Francisco Franco led an uprising against the five-year-old Spanish Republic that plunged the country into civil war.

Mussolini and Hitler supported Franco, while Stalin sent advisers and arms to his opponents. The United States, Britain and France sat on the sidelines.

The writers and foreign correspondents who came to Spain invented a new kind of war journalism, reporting in first-person, eyewitness accounts the brutal feel of the battlefield.

Their two-and-a-half-year chronicle became something more, an intimate encounter with the great ideological battles of the time: between church and state; rich and poor; the aristocracy and the classless; democracy and fascism….

“The best writers came to tell the world what was happening in Spain,” said the exhibition’s curator, Carlos Garcia Santa Cecilia, a former journalist. “They felt a compulsion to be here, to bear witness, to fight for their beliefs. It was the first time journalists said, ‘I must write what I see, what I feel.’ ”

The aviator and author Antoine de Saint-Exupéry flew in on his own plane. George Orwell took his pen to the battlefield and nearly died when he was shot through the neck. Arthur Koestler was locked up by Franco supporters.

Kim Philby, The Times of London correspondent, was already a Soviet agent gathering information under the cover of his job as a reporter. Ernest Hemingway posed for one report for The New Republic holding a rifle while lying on the battlefield.

In recent years Spain has begun to shake off the collective amnesia that had gripped it since Franco’s death. Books, exhibitions, documentaries, television series and films have given stark, eloquent testimony to the Franco’s silent victims… more

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La guerra civil: capítulo III, apartado 3.3 de mi libro El Mundo fue Noticia. Fundación Banco Exterior (1986)

España fue noticia. Corresponsales extranjeros en la guerra civil española. Por José-Mario Armero. Sedmay Edic (1976)

Half of Spain died. Por Herbert Matthews. Charles Scribner’s (1973)

Corresponsal en España. Por Edward H. Knoblaugh. Fermín Uriarte Editor (1967)

 

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