Relaciones Internacionales – Comunicación Internacional

Duelo por el Brexit (William Chislett)

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Elcano Blog

por   31/01/2020

Los partidarios del Brexit celebrarán la salida de Reino Unido de la Unión Europea el 31 de enero, con un espectáculo de luz en Downing Street que presentará la esfera de un reloj contando los minutos que faltan hasta las once de la noche -medianoche en Bruselas-, hora de la salida oficial del país. La bandera de Reino Unido (Union Jack) ondeará en la plaza del Parlamento y se pondrá en circulación una moneda conmemorativa. Los gastos de la triunfal celebración correrán a cargo del contribuyente, lo cual sin duda pondrá furioso al 48% de votantes que apoyaron la permanencia en la Unión.

Si los deseos de los fervorosos brexiteers se hubiesen cumplido, el Big Ben, el reloj más emblemático del mundo, habría marcado la salida de la Unión Europea igual que conmemoró el final de la Primera Guerra Mundial y su primer centenario, pero no pudo ser porque está en restauración. Se calcula que haber conseguido que el mecanismo que da las campanadas estuviese listo a tiempo habría costado unos 500.000 euros. En muchos sentidos, el Brexit se vive como otra guerra, con sus vencedores y sus vencidos.

En España, la mayoría de los 295.000 británicos empadronados (la mayor comunidad de residentes fuera de su país de origen de la Unión Europea), yo entre ellos, experimentaremos un sentimiento de pérdida. La excepción la constituyen esos extraños individuos que, a pesar de haberse beneficiado de la libertad de movimiento y otras ventajas de la UE para instalarse y trabajar en España, votaron por abandonar la Unión, lo cual es algo así como tirar piedras contra tu propio tejado.

Los ciudadanos británicos privados del derecho al voto (aquellos que hemos vivido más de quince años fuera de Reino Unido) hemos contemplado cómo se desarrollaba el feo espectáculo del Brexit desde el referéndum de 2016, en el que se nos excluyó de la consulta. Nadie lo sabe a ciencia cierta, pero si todos los 1,2 millones de británicos que vivimos a lo largo y ancho de la Unión Europea hubiésemos podido votar, el resultado del referéndum quizá habría sido el contrario. Sea como fuere, la consulta otorgó la victoria por un estrecho margen a los partidarios de salir de la Unión, dividiendo a familias (en las que, por lo general, los abuelos votaron a favor de la salida, y los nietos, por la permanencia), la mía incluida, y dando lugar a los debates más agrios del Parlamento de Reino Unido desde que tengo memoria (nací en 1951), al tiempo que mostrando la fortaleza de la democracia parlamentaria del país.

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