Relaciones Internacionales – Comunicación Internacional

El buen profesor

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¿Qué hace de un profesor un buen profesor? Muchas veces me han hecho esta pregunta y nunca he puesto por escrito mis respuestas, pero desde que me estrené en twitter a finales de agosto del año pasado muchos alumnos me han enviado mensajes que me han emocionado. Sirvan estas lineas de respuesta a los muchos que todavía no he respondido personalmente.

Me cuesta responder a los elogios porque, como cuando recibes un premio, sabes que es una lotería o suerte inmerecida y que muchos tienen muchos más méritos que tú, pero, como humanos, a la vez te sientes agradecido. En cualquier caso, vaya por delante -lo escribo con el corazón- que yo soy el que debe dar las gracias por haber podido hacer durante tantos años algo que me enriquece y apasiona.

Lo esencial, sin duda, para enseñar es transmitir pasión y vocación por lo que se enseña. Es muy difícil enseñar bien si el que enseña no cree en lo que enseña, si no le atrae y lo vive con tanta pasión como rigor.

Así me vio, dando vueltas al mundo, hace muchos años mi admirado Peridis

En segundo lugar, el profesor debe ponerse en la piel de los alumnos para ser consciente del ánimo, de las necesidades y de los intereses de los receptores de sus mensajes. Mantenerse en un pedestal, ajeno a la realidad de los que asisten a sus clases, le convierte en una estatua o en un extraterrestre.

Hasta los alumnos más complicados merecen todo nuestro respeto y, con la atención y la ayuda adecuadas, pueden resultar iguales o mejores que los, aparentemente, más destacados de la clase. Con más de 30 años y más de 200 alumnos por año, he aprendido a no emitir juicios definitivos y a no dar por perdido a nadie.

Unamuno distinguía entre los sabios incapaces de transmitir lo que saben, los ignorantes que transmiten brillantemente su ignorancia, los sabios que, además, embelesan con su oratoria y los ignorantes que, ignorando que lo son, tampoco están dotados del don de la palabra.

La mayor parte de los docentes, supongo, formamos parte de combinaciones diferentes -ni sabios ni completamente ignorantes- y debemos navegar con los limitados recursos -intelectuales y materiales- que tenemos, haciendo casi siempre de la necesidad virtud.

Desde hace muchos años he tratado de conocer lo que piensan mis alumnos de mí y les he pedido que critiquen mi forma de enseñar y lo que enseño. Creo que, con las excepciones inevitables que confirman la regla, los alumnos conocen al profesor mejor que él mismo, sus defectos y sus cualidades. Supongo que, como consecuencia de ello, hace muchos años que llegué al convencimiento de que los alumnos universitarios deben participar activamente en la selección, continuidad y remuneración de los profesores.

Uno de mis muchos defectos es que, en mi afán por interesar o apasionar al alumno por los estudios internacionales, me salto con facilidad el orden de un programa para aprovechar lo que cada día nos trae de novedoso, sorprendente e interesante.

Si el progreso ha puesto en nuestras manos instrumentos o tecnologías cada vez más eficaces para enseñar, es inconcebible renunciar a ellas. La edad nunca puede ser un obstáculo para aprender a manejar los medios audiovisuales y digitales, junto a los libros y artículos de siempre, para llegar más lejos, a más personas y con contenidos más atractivos.

Hago míos, por último, como señalo en el tuit siguiente, los consejos del profesor José Fernando Calderero que acabo de leer en un post escrito el pasado 3 de abril.

UNIR @UNIRuniversidad

Las condiciones del buen maestro http://ow.ly/knJL6  por @JFCalderero

  • Contagias a tus alumnos tu propio afán de superación
  • Concretas tus ganas de enseñar en quien tienes ahora delante de ti: es el único modo de enseñar a la Humanidad. Otra cosa es… “humo”.
  • Despiertas en tus alumnos el hambre de saber y la sed de descubrir.
  • Consigues que tus alumnos sientan el placer de saber, el gozo de inventar y la dicha de sentirse útiles y valiosos.
  • Ayudas a tus alumnos a encontrar los grandes tesoros que cada uno encierra y que suelen pasar desapercibidos a los ojos ajenos y… propios.
  • Demuestras con tu afable y educada pero firme exigencia que tus alumnos te importan y haces que se sientan tenidos en cuenta y apreciados.
  • Sigues siendo siempre alumno.
  • Tus alumnos te recuerdan con afecto y agradecimiento muchos años después de haber terminado sus estudios.

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