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La coronación de Putin IV (Felipe Sahagún, 19/3/2018)

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Vladimir Putin asiste a una ceremonia por el Día de los defensores de la Patria, el 23 de febrero, en Moscú. Sergei Karpukhin REUTERS

Desde Georgia hasta Siria pasando por Crimea y Ucrania, Putin ha modulado el uso de la fuerza, la injerencia en EEUU y Europa para debilitarlos, y la represión interna para consolidar su poder

Elecciones en Rusia: El nacionalismo da alas a Vladimir Putin

por Felipe Sahagún

La gran duda en las elecciones de ayer en la Rusia de Vladimir Putin, 18 años después de su primera elección presidencial, no era quien ganaría, sino cuántos rusos acudirían a las urnas para legitimar su coronación. El nuevo zar venció, con el 74% de los votos, según los primeros resultados oficiales.

Sin oposición real -ninguno de los siete adversarios de ayer lo es- y sin la legitimidad que le dio en sus dos primeros mandatos un crecimiento económico anual del 7%, necesitaba de una participación alta para justificar su régimen autocrático.

«De la participación depende la apariencia de legitimidad», señalaba el pasado jueves a Reuters el opositor principal, Alexei Navalny, que, tras varias detenciones y el rechazo de su candidatura, ha hecho una intensa campaña por toda Rusia a favor del boicot.

Los asesores de Putin confiaban en rozar o superar la cifra mágica de un 70 por ciento de participación y un 70 por ciento de votos para el presidente, diez puntos, aproximadamente, por debajo del apoyo que recibe sistemáticamente en las encuestas desde hace años. Según la Comisión Electoral Central de Rusia, la participación ha sido del 67.4%, dos puntos por encima de 2012.

El grupo estatal VTsIOM anticipó en una encuesta del 9 de marzo un 74 por ciento de participación. El Centro Levada, grupo independiente de opinión pública, reducía a menos de un tercio el electorado decidido a participar.

Según un estudio de Levada de diciembre, el 84% de los rusos entre 18 y 24 años aprueba la gestión de Putin, comparado con el 81% de la población general. El 67% de los votantes jóvenes y el 56% de los adultos creen que Rusia va en la dirección correcta.

Menos de un 55 por ciento -en las legislativas de 2016 Rusia Unida no llegó al 50- se hubiera considerado un mal resultado para Putin, pero sin verdaderos debates, sin posibilidad de alternancia y con los principales medios de comunicación bien amarrados, los propagandistas de Putin han tenido que derrochar imaginación para movilizar a los votantes.

Desde la desaparición de la URSS en 1991, el porcentaje oficial de votantes en las presidenciales rusas ha oscilado entre un 64% y un 69.7%. En 2012 votó el 65.4% y Putin ganó con un 63,6%, casi diez puntos más de lo que le daban las encuestas.

Su sucesión, si respeta el límite constitucional de dos mandatos seguidos, podría ser un factor decisivo en su política a partir de hoy, pero es arriesgado hacer cálculos.

«Cuando decidió ir a por un tercer mandato tras el paréntesis de Dmitri Medvedev (2008-2012), dejó claro que pensaba seguir en el poder mientras su cuerpo aguante», decía Anton Barbashiv, de Intersection (Vilnius), el pasado lunes en Madrid en un seminario de CIDOB sobre Rusia. «Puede seguir hasta 2030».

Para Nicolás de Pedro, especialista en Rusia del CIDOB, «es mejor hablar de su nuevo mandato que de su último mandato». El ejemplo de Xi Jinping podría inspirarle. «Lo que haga, al final, es pura conjetura», añade.

Aunque el presidente honorario del CIDOB, Javier Solana, recomienda prudencia y deja abierto un resquicio a las sorpresas, casi todos los observadores dan por segura la continuidad en la acción interior y exterior del Kremlin.

«Esperen más de lo mismo», afirma Arkady Moshes, del Instituto Finlandés de Relaciones Internacionales. «Seis años más de tensiones con Occidente, no necesariamente más graves, pero tampoco mejores».

Heredero y abanderado de una Rusia que siempre se ha considerado providencial a pesar de su creciente impotencia económica -de un tercio de la economía estadounidense hace treinta años ha pasado a ser quince veces más pequeña-, el conflicto con Occidente ayuda a Putin a preservar su férreo control interior, pero, al mismo tiempo, las empresas rusas necesitan de Occidente, sobre todo el acceso a sus mercados, para crecer.

Desde la guerra de los cinco días con Georgia en 2008 hasta la intervención en Siria desde 2015, pasando por la anexión de Crimea en 2014 y cuatro años de guerra en Ucrania oriental, con más de 10.000 muertos, Putin ha modulado el uso de la fuerza, la injerencia en los EEUU y en Europa para dividirlos y debilitarlos, y la represión interna para consolidar su poder y recuperar la imagen de Rusia como gran potencia.

Hasta ahora con éxito. A pesar del desplome del precio del petróleo, su principal fuente de divisas, de las sanciones de Occidente y de dos años de recesión, Rusia está creciendo al ritmo de Francia, Italia o Reino Unido, su inflación, que llegó al 16%, está hoy por debajo del 4%, el paro oficial ronda el 5% y su déficit presupuestario el 1%.

Cuentas saneadas si ignoramos la elevada desigualdad y corrupción, los millones de rusos que siguen buscando un futuro mejor fuera de su país y la caída de las inversiones, casi todas del estado y concentradas (más del 90%) en 2017 en sólo tres proyectos: el gasoducto con China, la reconstrucción de Moscú y el puente con Crimea.

Como en vísperas de cada elección desde 2000, Putin anunció el 1 de marzo más gasto social, más y mejores armas, grandes inversiones en infraestructuras y un ambicioso plan nacional de digitalización.

No dio detalles de la reforma estructural encargada al ex ministro de Finanzas Alexei Kudrin ni de otra más moderada, de pequeños pasos, que prepara el ministro de Desarrollo Económico del gobierno saliente, Maxim Oreshkin.

«Como otros autócratas, Putin identifica la supervivencia de su régimen con el de la gran potencia rusa en el mundo», señalaba el 9 de marzo el profesor de Princeton Stephen Kotkin en el Wall Street Journal, autor de uno de los estudios más recientes sobre Stalin.

«Aparentemente resignada al inexorable resurgimiento de China, la gran estrategia actual de Rusia busca el colapso de Occidente», añadía. «Si la UE se rompe y si los EE.UU. se vuelven hacía sí mismos y abandonan sus alianzas externas, sus problemas y la brecha de su poder relativo se reducirían sustancialmente».

Gracias a Nicolás de Pedro, que lo tuiteó el 12 de marzo de 2020. De no ser por él, como me ocurre siempre, no me hubiera acordado de lo útil que es el análisis de entonces para entender lo que esá pasando ahora en Rusia.

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