Relaciones Internacionales – Comunicación Internacional

Militares y periodistas

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¿Por qué periodistas y militares? ¿Acaso la información y la desinformación sobre amenazas, nuevas y viejas, es un ámbito limitado a periodistas y militares? Evidentemente no, aunque la relación entre unos y otros sea importante

Si una de las características de todas las democracias consolidadas es el sometimiento del poder militar al poder civil, los militares no deberían verse en democracia como un actor independiente del poder político sino como un instrumento del mismo.

De hecho, los mandos militares estadounidenses que se opusieron o criticaron los planes del secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, como fue el caso del jefe de Estado Mayor del Ejército, simplemente fueron apartados de sus cargos.

En consecuencia, sería perderse un poco si consideráramos a los militares poderes autónomos o independientes a la hora de analizar la información. Propongo, por ello, enfocar el comportamiento de los militares simplemente como el del brazo armado del Estado.

Desde esta perspectiva las relaciones –de cooperación, de confrontación y, en la mayor parte de los casos, mixtas- entre periodistas y militares no son el pulso determinante de la información sobre seguridad.

El conflicto histórico, al menos en las democracias, es entre el Gobierno, por un lado, y los militares y los periodistas por otro. En la invasión de Irak de 2003 se ve perfectamente. Tanto los militares como los periodistas –los estadounidenses al menos- fueron utilizados, engañados y manipulados para justificar la estrategia de un grupo neoconservador.

Como analizaré más adelante, periodistas y militares, en Irak, han sido víctimas de una de las mayores operaciones de propaganda y desinformación del último medio siglo. Conscientes de ello, pasado el tsunami, periódicos tan prestigiosos como el New York Times o el Washington Post pidieron perdón a sus lectores, con páginas enteras de publicidad, por haberse dejado arrastrar en la vorágine del 11-S y por no haber reaccionado a tiempo, como era su obligación, en defensa de la verdad.

No sé si importa mucho o poco. En democracia, la opinión de los ciudadanos debería importar. En las grandes crisis, sobre todo en las guerras, el problema con la opinión pública es que, por patriotismo, los periodistas normalmente se ponen al lado de sus Ejércitos. Si la victoria es completa y rápida, su confianza en los militares y en quienes los dirigen es total. Se comprobó perfectamente en la guerra de Kuwait.

En Irak, al principio, las encuestas mostraban claramente un apoyo masivo al Ejército (del 85%) y, por el seguidismo ciego que los principales medios de comunicación estadounidenses hicieron de la Administración Bush, mostraban igualmente un apoyo masivo del trabajo de los periodistas: del 81%.

Como suele suceder en todas las guerras o crisis, cuando las cosas empiezan a ir mal, se multiplican las bajas y no se ve ningún horizonte de salida, esa confianza inicial ha ido reduciéndose y, según las últimas encuestas del Pew Research Center estadounidense, en abril de este año un 52% confesaba tener poca o ninguna confianza en la actuación de los militares en Irak y un 60% confesaba tener poca o ninguna confianza en la información que reciben del conflicto.

Primera conclusión provisional de estas encuestas: los periodistas y los militares, por tener prioridades y misiones tan distintas, mantendrán siempre una relación difícil, pero el hecho de que se necesitan para cumplir su trabajo y de que su imagen normalmente va unidad –sube cuando se gana, baja cuando se pierde-, crea entre ellos una relación especial, casi de hermanos siameses. Reconozco que los periodistas, para realizar bien nuestro trabajo y contar con fuentes valiosas donde más se necesitan, establecen relaciones parecidas con otras muchas instituciones.

¿Cómo ha sido históricamente la relación entre periodistas y militares? Comentaré de forma rápida la que mejor conozco, que es la de los periodistas y los  militares estadounidenses.

¿Se informa o se desinforma a la opinión pública sobre las nuevas amenazas a la seguridad? A veces se informa, muchas veces se desinforma. No hay dos medios iguales. Tampoco se pueden comparar los militares de un país como España con los de EE.UU., con unos recursos informativos y una tradición que nada tienen que ver con los de España.

Lo importante, para responder a esta segunda parte del título de mi ponencia es preguntarse si la información que dan los militares y los periodistas sobre las nuevas amenazas es suficiente y está ajustada a los hechos o es inadecuada y tiene poco que ver con la realidad.

Los periodistas, sobre todo en temas de seguridad, dependen en un 99 por cien de la información que filtran los altos funcionarios de los Gobiernos, los militares, la policía, los servicios secretos, los grupos terroristas y algunos especialistas, investigadores o académicos que, como pueden imaginar, se alimentan de las mismas fuentes o muy parecidas que los periodistas especializados.

Dividiré mi presentación, de acuerdo con estas reflexiones previas, en cuatro partes: las nuevas amenazas, las relaciones entre periodistas y militares, el caso de la invasión de Irak y, por último, si nos queda tiempo, el tratamiento de la amenaza principal para la seguridad en casi todos los países: el terrorismo.

Si una de las características de todas las democracias consolidadas es el sometimiento del poder militar al poder civil, los militares no deberían verse en democracia como un actor independiente del poder político sino como un instrumento del mismo.

De hecho, los mandos militares estadounidenses que se opusieron o criticaron los planes del secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, como fue el caso del jefe de Estado Mayor del Ejército, simplemente fueron apartados de sus cargos.

En consecuencia, sería perderse un poco si consideráramos a los militares poderes autónomos o independientes a la hora de analizar la información. Propongo, por ello, enfocar el comportamiento de los militares simplemente como el del brazo armado del Estado.

Desde esta perspectiva las relaciones –de cooperación, de confrontación y, en la mayor parte de los casos, mixtas- entre periodistas y militares no son el pulso determinante de la información sobre seguridad.

El conflicto histórico, al menos en las democracias, es entre el Gobierno, por un lado, y los militares y los periodistas por otro. En la invasión de Irak de 2003 se ve perfectamente. Tanto los militares como los periodistas –los estadounidenses al menos- fueron utilizados, engañados y manipulados para justificar la estrategia de un grupo neoconservador.

Como analizaré más adelante, periodistas y militares, en Irak, han sido víctimas de una de las mayores operaciones de propaganda y desinformación del último medio siglo. Conscientes de ello, pasado el tsunami, periódicos tan prestigiosos como el New York Times o el Washington Post pidieron perdón a sus lectores, con páginas enteras de publicidad, por haberse dejado arrastrar en la vorágine del 11-S y por no haber reaccionado a tiempo, como era su obligación, en defensa de la verdad.

No sé si importa mucho o poco. En democracia, la opinión de los ciudadanos debería importar. En las grandes crisis, sobre todo en las guerras, el problema con la opinión pública es que, por patriotismo, los normalmente se pone al lado de sus Ejércitos. Si la victoria es completa y rápida, su confianza en los militares y en quienes los dirigen es total. Se comprobó perfectamente en la guerra de Kuwait.

En Irak, al principio, las encuestas mostraban claramente un apoyo masivo al Ejército (del 85%) y, por el seguidismo ciego que los principales medios de comunicación estadounidenses hicieron de la Administración Bush, mostraban igualmente un apoyo masivo del trabajo de los periodistas: del 81%.

Como suele suceder en todas las guerras o crisis, cuando las cosas empiezan a ir mal, se multiplican las bajas y no se ve ningún horizonte de salida, esa confianza inicial ha ido reduciéndose y, según las últimas encuestas del Pew Research Center estadounidense, en abril de este año un 52% confesaba tener poca o ninguna confianza en la actuación de los militares en Irak y un 60% confesaba tener poca o ninguna confianza en la información que reciben del conflicto.

Primera conclusión provisional de estas encuestas: los periodistas y los militares, por tener prioridades y misiones tan distintas, mantendrán siempre una relación difícil, pero el hecho de que se necesitan para cumplir su trabajo y de que su imagen normalmente va unidad –sube cuando se gana, baja cuando se pierde-, crea entre ellos una relación especial, casi de hermanos siameses. Reconozco que los periodistas, para realizar bien nuestro trabajo y contar con fuentes valiosas donde más se necesitan, establecen relaciones parecidas con otras muchas instituciones.

¿Cómo ha sido históricamente la relación entre periodistas y militares? Comentaré de forma rápida la que mejor conozco, que es la de los periodistas y los  militares estadounidenses.

¿Se informa o se desinforma a la opinión pública sobre las nuevas amenazas a la seguridad? A veces se informa, muchas veces se desinforma. No hay dos medios iguales. Tampoco se pueden comparar los militares de un país como España con los de EE.UU., con unos recursos informativos y una tradición que nada tienen que ver con los de España.

Lo importante, para responder a esta segunda parte del título de mi ponencia es preguntarse si la información que dan los militares y los periodistas sobre las nuevas amenazas es suficiente y está ajustada a los hechos o es inadecuada y tiene poco que ver con la realidad.

Los periodistas, sobre todo en temas de seguridad, dependen en un 99 por cien de la información que filtran los altos funcionarios de los Gobiernos, los militares, la policía, los servicios secretos, los grupos terroristas y algunos especialistas, investigadores o académicos que, como pueden imaginar, se alimentan de las mismas fuentes o muy parecidas que los periodistas especializados.

Dividiré mi presentación, de acuerdo con estas reflexiones previas, en cuatro partes: las nuevas amenazas, las relaciones entre periodistas y militares, el caso de la invasión de Irak y, por último, si nos queda tiempo, el tratamiento de la amenaza principal para la seguridad en casi todos los países: el terrorismo.

Las nuevas amenazas

Si echamos un ojeada a las declaraciones e informes de los responsables de los servicios secretos, militares y civiles, todos destacan como fuentes principales de inseguridad en la actualidad Irak, Afganistán, Al Qaeda, la proliferación de armas nucleares y de otras armas de destrucción masiva, genocidios como el de Darfur, el autoritarismo creciente en países iberoamericanos como Venezuela y en ex superpotencias como Rusia, enfermedades y pandemias como el SIDA, la malaria o la gripe aviar, la competencia creciente de potencias emergentes como China y la India, los estados parias –necesitados del chantaje permanente para sobrevivir, como Corea del Norte-, los estados fallidos (presas fáciles de las nuevas redes terroristas globales), el cambio climático, acelerado por la acción del hombre, y focos tradicionales de conflictos no resueltos heredados de la Guerra Fría, como Taiwán, la frontera indo-pakistaní, Oriente Próximo y muchas guerras africanas.

A esta lista incompleta de riesgos y amenazas, en la que, con ligeros matices, coinciden los principales candidatos estadounidenses y los principales gobiernos nacionales, independientemente del partido en el poder, hay que añadir las actividades ilegales internacionales más desestabilizadoras, investigadas por Moisés Naím en su libro Ilícito. Cómo el contrabando, los traficantes y la piratería están cambiando el mundo.

Esas actividades son, principalmente, el narcotráfico, la falsificación de productos, el contrabando de armas y de personas, y el blanqueo de dinero.

Si tenemos en cuenta el dinero que mueven –posiblemente más de 1 billón (con b) de dólares sólo el narcotráfico y la mitad o más la falsificación de productos-, se necesitan instituciones democráticas muy sólidas y servicios de seguridad muy eficaces para resistirse a su capacidad de corrupción.

Según el FMI, el lavado de dinero se ha multiplicado por 10 desde 1990 y hoy representa entre un billón y un billón y medio de dólares.

Salvo en Irak, donde los conservadores más ciegos creen posible todavía la victoria y se resisten a pedir la retirada del grueso de las fuerzas extranjeras en los próximos meses, los principales candidatos consideran fracasada la estrategia seguida hasta ahora, basada en la iraquización y en el refuerzo de las tropas de ocupación, y piden urgentemente negociaciones políticas para lograr un pacto interno que restablezca la paz entre las tres comunidades iraquíes más importantes, y otro pacto externo que restablezca la paz entre las ramas suní y chií (iraní) del islam.

«Retirarse ahora o dividir Irak (…) precipitaría un conflicto regional», afirma el republicano Mitt Romney. «Demos a nuestros militares los medios y el tiempo que necesitan».

«Sólo los dirigentes iraquíes pueden llevar la paz y la estabilidad a su país», dice el demócrata Barack Obama. «Retiremos todas las brigadas de combate de aquí al 31 de marzo de 2008».

Más allá de Irak –que, como advierte el historiador Paul Kennedy, no deja de aumentar el déficit presupuestario, de desgastar al Ejército y de socavar el poder blando de EEUU-, todos ven la amenaza número uno contra la seguridad estadounidense e internacional en la galaxia

Al Qaeda y en la fuerza que proporcionan a sus redes las guerras de Irak y de Afganistán.

Sobre la amenaza que representa realmente Al Qaeda hay opiniones para todos los gustos. El lunes, en la Ser, decía el ministro español del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, que, para España, a corto plazo le preocupa mucho más la amenaza de ETA, pero que a medio y corto plazo es mucho más preocupante la de Al Qaeda.

La guerra de Irak

¿Se informa o se desinforma sobre la guerra de Irak y sobre A Qaeda? Se desinforma mucho más de lo que se informa. Un ejemplo, a pesar de lo mucho que a cambiado el tratamiento de los principales medios estadounidenses, todavía hoy, octubre de 2007, el único programa que se salva de la CNN sobre Irak es This week at war, donde se dicen verdades como puños que poco o nada tienen que ver con lo que la misma cadena cuenta el resto de la semana. Sólo hay un inconveniente: el programa sólo se puede ver en España los domingos a las 4 de la madrugada.

¿Qué confianza podemos tener en la información que recibimos a diario sobre Irak cuando, hasta el informe diario de bajas y de atentados, lo hace una empresa privada: Aegis Defense Service Ltd., dirigida por el teniente coronel británico Tim Spicer, retirado hace años del Ejército? Consiguió el contrato en 2004 por 293 millones de dólares y tres años de vigencia, a punto de caducar.

Entre sus misiones están evaluar las amenazas, hacer el seguimiento electrónico de miles de contratistas privados en carreteras peligrosas y de proyectos supuestamente dirigidos a ganarse el apoyo de la población, eso que se ha dado en llamar, muy a la americana, “hearts and minds” (mentes y corazones), que se ha quedado en nada de nada.

En sus panfletos de propaganda se puede leer que, para conseguir la renovación, necesita contar con analistas de inteligencia capaces de “efectuar informes sobre el trabajo de los servicios secretos extranjeros (en Irak se supone), organizaciones terroristas y sus miembros dedicados a atacar al personal militar, a sus equipos y a sus instalaciones”.

Podemos estar hablando durante años de Irak, pero la pregunta que nos planteamos aquí -¿se informa o se desinforma?- tiene una respuesta relativamente sencilla

En los preparativos de la invasión y durante los primeros meses se desinformó muchísimo, sobre todo por parte de la Administración Bush. Hoy la desinformación es, sobre todo, consecuencia de la inseguridad y el caos sobre el terreno.

El número de periodistas asesinados desde 1996, las muertes causadas directamente por militares y las condiciones en que se han producido explican en gran medida las dificultades crecientes para informar adecuadamente de las amenazas principales para la seguridad.

En los siguientes cuadros, elaborados por la Escuela de Periodismo de la Universidad de Cardiff, se puede ver la evolución de las cifras, los lugares de origen de los periodistas fallecidos, los países donde han muerto, las causas de sus muertes, los responsables principales y. lo más grave de todo, la impunidad en que quedan la mayor partes de estos crímenes a pesar de las denuncias permanentes de los medios y de las principales organizaciones profesionales.

Analizados todos los datos, el grupo que ha investigado la creciente inseguridad de los periodistas en la cobertura de conflictos armados y de otras noticias donde intervienen intereses de mafias, grupos terroristas, funcionarios corruptos o militares sin escrúpulos presentan los consejos siguientes para tratar de frenar esta escalada trágica, en mi opinión la causa principal del deterioro en los últimos años de la información internacional

Periodistas y militares

¿Cómo ha evolucionado la relación entre militares y periodistas? A partir del ejemplo estadounidense, que es el que he seguido más de cerca, creo que podemos entender los que ha ocurrido en los demás países occidentales. Empiezo por un caso que viví de primera mano.

Una madrugada de septiembre de 1997 un reducido grupo de periodistas y fotógrafos  de prensa, radio, televisión y agencias se disponía a embarcar en un avión en la base aérea de Andrews, Maryland, sin conocer su destino. El Pentágono los había convocado pocas horas antes y habían acudido a la llamada.

Al día siguiente estaban en Kazajstán, contemplando a paracaidistas de la División 82 de Fort Bragg, Carolina del Norte, lanzándose sobre una llanura desierta de las montañas Tien Shan. En las maniobras participaban también otros doce países y el objetivo era preparar una Fuerza de Paz y Humanitaria en Asia Central.

El Pentágono aprovechó la ocasión para activar y comprobar el funcionamiento de su National Media Pool, un viejo sistema de coordinación con los medios para cubrir operaciones militares secretas.

“Esto es otro mundo”, dijo, tras observar a unos 600 de sus muchachos saltar desde MIG rusos, el jefe de la expedición estadounidense, general John Sheehan.

Se refería a la nueva relación entre los viejos enemigos de la Guerra Fría, pero su comentario servía perfectamente también para describir la nueva relación entre los militares estadounidenses y los periodistas.

El pulso mantenido durante más de tres decenios entre militares y medios se había relajado considerablemente. No tanto porque, de pronto, el Pentágono se hubiese caído del caballo, como Pablo de Tarso, y viera la luz de la libertad de información, sino como consecuencia de la revolución geoestratégica producida por el fin de la Guerra Fría y de la revolución tecnológica producida por la comunicación espacial, internet y la telefonía móvil.

Sin pretenderlo nadie, la obsesión secular de los militares por controlar mediante la censura previa todo lo que saliera de las zonas de guerra se había vuelto obsoleta.
Los corresponsales y enviados especiales que se desplazan a los conflictos  con portátiles satelitales ya no dependen de los militares para enviar sus crónicas, fotos  e imágenes de televisión.

Al mismo tiemplo, en los nuevos conflictos, sin frentes definidos, con actores no gubernamentales cada vez más imprescindibles y misiones cada día más complejas y confusas –donde resulta imposible distinguir las líneas de separación entre lo civil y lo militar-, los militares empezaban a comprender que no podían seguir tratando a los periodistas como adversarios. Les convenía empezar a tratarlos como socios.

En su libro Late-Breaking Foreign Policy, Warren P. Strobel, corresponsal del Washington Times, lo cuenta así:

“Las relaciones en las guerras clásicas entre periodistas y oficiales han cambiado por completo. Más que controlar a los periodistas en operaciones de paz, los mandos militares y sus superiores civiles los necesitan desesperadamente para asegurarse el apoyo de la opinión pública, para explicar situaciones que muchas veces son complejas y difíciles de entender, y para acceder a información útil sobre el terreno. A cambio, tienen que ofrecer  acceso e independencia a los periodistas para que puedan informar sin ser controlados por sus chaperons militares”.

El ejemplo más claro de la influencia de los medios sobre los dirigentes civiles y militares fue, seguramente, el desembarco en Somalia de 1993. Las imágenes de mujeres y niños hambrientos  persuadieron a Bush padre de que debía enviar tropas para ayudar a distribuir la ayuda humanitaria. Las imágenes de un soldado estadounidense, uno de los 18 caído en una emboscada en Mogadiscio, arrastrado  por las calles de la ciudad mientras una multitud lanzaba gritos de victoria, convencieron a Clinton de que debía retirar las tropas.

Lo han dicho muchos y lo recuerda Strobel en su libro: en contra de lo que muchos creen, los medios sólo son decisivos (y no siempre) cuando los dirigentes y los Ejércitos vacilan y dejan un vacío político. El padre de la estrategia de contención, George Kennan, escribió a raíz de la experiencia somalí que, a partir de entonces, “la política estadounidense estaría a merced de impulsos populares emotivos, sobre todo los provocados por la televisión comercial”.

No ha sido así. En casi todas las intervenciones del último siglo, antes y después de Somalia, podemos detectar factores estratégicos, diplomáticos y militares mucho más decisivos que la actitud de los medios de comunicación.

Es fácil ver cómo los militares y, sobre todo, los Gobiernos de los que dependen en las democracias y en muchas dictaduras han utilizado y siguen utilizando a los periodistas para legitimar sus operaciones, pero los medios rara vez determinan dichas operaciones: ni para bien ni para mal.

Una de las razones es que, por su naturaleza, la información periodística suele ser reactiva, no preventiva.

La historia de los últimos años nos muestra multitud de ejemplos del pésimo trabajo de los periodistas para advertir, alertar y prevenir contra conflictos étnicos, hambrunas, invasiones, crisis humanitarias  y graves atentados terroristas.

Si exceptuamos la campaña del general Douglas MacArthur para silenciar a los periodistas cuando, en algunos frentes de la II Guerra Mundial, las tropas estadounidenses se batían en retirada o para que no informaran de los efectos de las bombas nucleares sobre Japón, hemos de reconocer que las relaciones entre periodistas y militares de un mismo país durante el último siglo han sido bastante buenas.

La razón principal es que la mayor parte de los periodistas, en la mayor parte de los conflictos bélicos clásicos, no han actuado como observadores independientes y neutrales sino como el brazo de la propaganda de los ejércitos de sus países.

La primera gran erosión se produce en Vietnam, cuando algunos de los corresponsales de más prestigio y sus medios se rebelaron contra la manipulación y el ocultamiento sistemático de información por los portavoces tanto civiles como militares, y por sus mandos. Con Nixon al frente, el Pentágono salió de Vietnam convencido de que los periodistas habían sido responsables importantes de la derrota al socavar el apoyo de la opinión pública a la guerra.

No conozco a ningún periodista responsable que comparta ese criterio. Como en Irak en los últimos dos años, en Vietnam y en Somalia el apoyo ciudadano a las intervenciones se derrumbó cuando los daños superaron a los beneficios, se cerraron los horizontes de victoria y se multiplicaron las bajas. El precio, la duración, la legalidad y los resultados de las misiones –no la información periodística sobre las mismas-, han sido, son y seguirán siendo los factores determinantes  de la popularidad o impopularidad de las intervenciones.

Lo que sucedió tras Vietnam es que los mandos militares y civiles estadounidenses se obsesionaron con la necesidad de controlar la información sobre el campo de batalla. De modo que llegó la invasión de Granada, en 1983, y los periodistas fueron bloqueados durante dos días, sin acceso posible al frente.

Ante las protestas de los medios, se formó una comisión, la Comisión Sidle y se estableció un sistema de pool, de acuerdo con los medios más importantes, para cubrir los conflictos siguientes. Cae el Muro de Berlín y, en diciembre de 1989, los EE.UU. invaden Panamá  para detener a Noriega y no cumplen lo pactado.

Apenas se habían calmado los ánimos cuando empieza la  guerra por Kuwait, llamada Primera Guerra del Golfo. El aparato militar bloqueó los movimientos y las información de los periodeistas al máximo en Arabia Saudí.

Los pools sencillamente no funcionaron, las crónicas, fotos e imágenes más delicadas se perdían como por arte de magia en las transmisiones militares,  los portavoces estadounidenses y británicos competían con los de Sadam por desinformar, el sistema de escoltas se convirtió en un mecanismo de  interferencia insoportable, la revisión de los textos en una censura inaceptable y los valientes que decidían saltarse las normas se jugaban la vida.

Las críticas subieron de tono y, tras la victoria, periodistas y militares volvieron a negociar un modus vivendi que respetara el necesario equilibrio entre la libertad de información exigida por los periodistas y la seguridad de las operaciones exigida por los militares.

El resultado fue un acuerdo sobre nueve principios que, supuestamente, se respetarían a partir de entonces en la cobertura de operaciones de combate.

Esos nueve principios, recogidos en la Directiva 5122.5 del subsecretario de Defensa para Asuntos Públicos, son los siguientes:

  1. La forma principal de cubrir las operaciones militares será respetando la libertad e independencia de los medios.
  2. Los medios no será el formato standard de cobertura de las operaciones, pero en ocasiones pueden ser el único medio de proporcionar acceso rápido a una operación.
  3. Incluso en condiciones de libertad informativa, los pools pueden utilizarse para cubrir hechos concretos, como el acceso a lugares remotos o cuando el espacio es muy limitado.
  4. Los periodistas en zonas de combate donde intervengan fuerzas estadounidenses, deberán estar acreditados por las fuerzas estadounidenses hy respetar una serie de normas claras que garanticen la protección de las operaciones y de los militares. Los medios –se añade en este punto- deberán hacer todo lo posible por asignar a estas misiones a los periodistas más experimentados y de prepararlos para ellas.
  5. Los periodistas tendrán acceso a todas las unidades militares de importancia, aunque puede haber restricciones en la cobertura de operaciones especiales.
  6. Los portavoces y el personal de relaciones públicas del Pentágono harán de enlaces, pero no interferirán en el proceso informativo.
  7. Los mandos, en cobertura libre de conflictos, recibirán instrucciones para autorizar el traslado de los periodistas en vehículos, barcos y aviones militares cuando sea posible. Los militares, añade, siempre serán responsables del transporte de los pools.
  8. Según su capacidad, los militares proporcionarán a los portavoces los medios necesarios para garantizar la transmisión rápida y segura de la información de los pools y facilitarán, cuando se pueda, el uso de esas mismas facilidades de transmisión de los periodistas que vayan por su cuenta, los free-lance. Los militares no prohibirán sistemas de comunicación a los medios, pero la seguridad operativa electromagnética en situaciones de guerra puede requerir restricciones limitadas en el uso de tales sistemas.
  9. Por último, todo lo anterior se aplicará también al trabajo de los pools.

Con la experiencia del 11-S y de Afganistán, donde los medios más importantes se convirtieron en portavoces del Pentágono, el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, tras la campaña de propaganda y desinformación más intensa que se ha conocido desde Vietnam, recuperó el sistema de los llamados empotrados para controlar mejor a los periodistas que iban a cubrir la invasión.

En la guía del Pentágono (11 páginas) que todos los empotrados fueron obligados a firmar antes de incorporarse a las respectivas unidades se les prohibía informar durante el conflicto:

  1. Del número de soldados en las unidades por debajo del cuerpo del ejército.
  2. Del número exacto de aviones en las unidades o por debajo del nivel de ala expedicionaria aérea.
  3. De los números de otras armas o equipos: artillería, tanques, radares, camiones, contenedores de agua y de combustible, etcétera.
  4. De los números de barcos en unidades por debajo del nivel de Grupo de Combate.
  5. De los nombres de las instalaciones, lugares geográficos y unidades militares ni imágenes que los identifiquen.
  6. Sobre operaciones futuras.
  7. Sobre medidas de protección de instalaciones militares y campamentos.
  8. Sobre  las  rules of engagement o normas de comportamiento.
  9. Sobre cualquier información de inteligencia que permita al enemigo conocer las tácticas, técnicas o procedimientos de las operaciones.
  10. Quedan prohibidas las imágenes y fotografías de instalaciones militares y campamentos.
  11. Se prohibe informar igualmente de la eficacia de la guerra electrónica del enemigo, sobre aviones y buques derribados o desaparecidos, sobre operaciones de unidades especiales, sobre cualquier movimiento de tropas que pueda poner en peligro la operación, sobre la eficacia de las acciones de camuflaje, encubiertas y de desinformación del adversario, sobre detenidos…
  12. Se prohíben también, tal como se venía haciendo desde 1991, de las imágenes de las bajas propias y de sus féretros.

Sin el monopolio de las imágenes, que el Pentágono había perdido ya en Afganistán con la aparición sobre el terreno, desde el bando talibán, de la cadena katarí Al Yasira, la batalla de la propaganda desde que comenzó la invasión , en palabras e imágenes, se puede resumir en los siguientes puntos:

Para Washington y Londres, se trataba de una guerra legal de liberación con armas de precisión para acabar con un régimen tiránico que amenazaba a su pueblo y al mundo con armas de destrucción masiva.

Para el régimen iraquí y la mayor parte del resto del mundo, era una invasión ilegal para derrocar a un Gobierno legítimo y apoderarse del petróleo iraquí.

El suicida de unos era, como en Palestina, el héroe y mártir de los otros.

Lo que Bush, Blair y Aznar llamaban coalición se reducía a fuerzas de sólo dos países, con unidades especiales reducidas de otros dos.

Los valientes muyahidin  iraquíes eran terroristas en el discurso de Washington y Londres.Los inevitables daños colaterales de unos eran matanzas indiscriminadas para otros.

Un tanque o un helicóptero destruidos por el más débil, en este caso Irak, inmediatamente se convertía en victoria decisiva.

Cada ciudad atacada por los invasores se describía como objetivo asegurado sin que nadie supiera qué diablos significaba asegurar.

Fueron dos estrategias de propaganda muy diferentes: la iraquí dependía, sobre todo, de la imagen de Sadam en televisión, de las ruedas de prensa diarias de sus ministros, sobre todo el de Información, Sahaf, verdaderas piezas escatológicas, y de la movilización a su favor de la opinión exterior contra la guerra. La estadounidense insistía en todo momento en la liberación del tirado con el menor daño posible a sus habitantes.

Los medios de comunicación de los países musulmanes, por primera vez con medios propios, enfocaron sus cámaras sobre todo hacia las víctimas. Los occidentales, que por primera vez contaban con centenares de empotrados, dieron mucha más importancia a los combates que a las víctimas.

No hay mejor propaganda ni nada que una más a militares y periodistas –y a ambos con los ciudadanos- que la victoria militar, y la respuesta de la población del país invadido a los ocupantes.

Si, a pesar de todas las mentiras, los iraquíes hubieran recibido a los estadounidenses con los brazos abiertos… Si los EE.UU., tras ocupar Bagdad en tres semanas, hubieran actuado de forma muy diferente, tal como acaba de denunciar nada menos que el general al mando de sus propias fuerzas en los primeros años, seguramente se habrían olvidado todos los errores, manipulaciones, desinformación y abusos y Bush –sin dejar de ser lo que es- me temo que tendría garantizado un lugar entre los presidentes más importantes.

No fue así. Perdió por completo el control del país, con él la batalla de la paz y de la propaganda, y entre los militares y los periodistas estadounidenses se ha abierto una brecha que, me temo, tardará en cerrarse tanto o más que la de Vietnam.
En cuanto a si estamos mejor o peor informados de las nuevas amenazas, me temo que todos hemos salido perdiendo, aunque por razones diferentes.

Rumsfeld, erre que erre

En febrero de 2006, pocos meses antes de ser destituido al frente del Pentágono, Rumsfeld pronunció un discurso en el Council on Foreign Relations de Nueva York sobre la situación internacional seis años después de los atentados del 11-S.

Lejos de reconocer los errores cometidos y la desinformación en que se ha basado casi toda la estrategia estadounidense, arremetió contra los medios en términos muy parecidos a los utilizados por Nixon y sus asesores en la guerra de Vietnam.

“En esta guerra, algunas de las batallas más decisivas puede que no se libren en las montañas de Afganistán o en las calles de Bagdad, sino en las redacciones: en lugares como Nueva York, Londres, Cairo y otras partes del planeta.
Digo esto por algo que podría parecer obvio, pero no lo es. Nuestros enemigos se han adaptado

con habilidad a las guerras actuales en era de la información, pero, en general, nosotros –nuestro país- no lo hemos hecho: ni el Gobierno, ni los medios ni, en términos generales, la sociedad.

Tengan en cuenta que los extremistas violentos han establecido comités de relaciones con los medios y han demostrado una gran capacidad para manipular a las elites de la opinión pública. Planifican y diseñan sus ataques para hacerse con los titulares utilizando todos los medios de comunicación para intimidad y romper la voluntad colectiva de los pueblos libres.

Saben que las comunicaciones no tienen fronteras y que una noticia, bien manejada, puede hacer tanto daño a nuestra causa y tanto bien a la suya como cualquier otro medio de ataque militar. Y lo están haciendo.

Son capaces de actuar con rapidez con relativamente poca gente y recursos modestos en comparación con las enormes –y caras- burocracias de los Gobiernos occidentales. Nuestro Gobierno federal apenas está empezando a adaptar nuestras operaciones al Siglo XXI. En su mayor parte, el Gobierno estadounidense funciona todavía como un almacén de coloniales en el mundo de E-Bay.

Tenemos que mejorar muchísimo en la contratación de expertos tanto de dentro como de fuera del Gobierno para nuestras comunicaciones.

Tenemos que desplegar con rapidez los mejores recursos de comunicaciones en los nuevos teatros de operaciones.

Tenemos que desarrollar y ejecutar campañas multimedia: en prensa, radio, televisión e internet.

Que nadie tenga la menor duda: cuando más tardemos en poner en pie un sistema estratégico de comunicaciones, más llenarán el vacío el enemigos y los informadores, quienes, con seguridad, no pintarán un cuadro correcto de lo que está sucediendo.”

Es un texto para enmarcarlo. Cosecha Rumsfeld cien por cien. De antología. El primer manipulador de la primera potencia mundial, decidido a montar, por si ya no tuviera suficiente, un supersistema estratégico de comunicaciones en la Administración estadounidense que prescinda por completo de los intermediarios y de los informadores para llegar directamente al público.

¿Les suena a algo? ¿No les recuerda poco o mucho al Gran Hermano de Orwell? ¿Cuánto nos queda para entrar en este mundo? ¿No ha sido la invasión de Irak un aperitivo de lo que no espera?

Resumen en PowerPoint: FFAA & MEDIA 1

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UK/Members of armed forces must notify press officers even if they meet a journalist socially http://www.pressgazette.co.uk/secret-state-members-armed-forces-must-notify-press-officers-even-if-they-meet-journalist-socially 

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