Relaciones Internacionales – Comunicación Internacional

Russian Women Speak Up About the Front Lines and the Home Front

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THE UNWOMANLY FACE OF WAR
An Oral History of Women in World War II
By Svetlana Alexievich. Translated by Richard Pevear and Larissa Volokhonsky.
331 pages. Random House. $30.

Samuel Beckett once declined an interview because, he said, he had “no views to inter.” On the other hand, Svetlana Alexievich’s “The Unwomanly Face of War: An Oral History of Women in World War II” is made up of conversations with women who have waited their entire lives to speak.

This book is an outpouring, a deluge. Roughly a million Soviet women fought in World War II. Dozens of them, in this volume, gather around Alexievich as if she were a sentient campfire.

When the war ended, few in Russia wanted to acknowledge these women’s experience. That they were sent into battle, mostly as reinforcements after the slaughter of so many men, was more an occasion for national shame.

“There was no one I could tell that I had been wounded, that I had a concussion,” one woman deposes. “Try telling it, and who will give you a job then, who will marry you? We were silent as fish.”

Alexievich is the Belarussian journalist who became, in 2015, the first person to win the Nobel Prize in Literature for what are, essentially, interviews — for what the Swedish Academy called her “polyphonic writings, a monument to suffering and courage in our time.”

Her many books include “Voices From Chernobyl: The Oral History of a Nuclear Disaster” (2006) and “Secondhand Time: The Last of the Soviets” (2016).

“The Unwomanly Face of War” was her first book. The Russian-language edition, published in 1985, has sold more than two million copies worldwide. It was first issued in English in 1988, in a poor and heavily censored version sponsored by the Soviet Union.

The book has been published now in its first full English translation, undertaken by Richard Pevear and Larissa Volokhonsky, the celebrated translators of Pushkin, Gogol, Dostoyevsky and others.

The book relates the stories of women on the front lines and on the home front; some were snipers, others nurses, others tank drivers. They were so young. One tells Alexievich, “We went to die for life, without knowing what life was.”

“The Unwomanly Face of War” is the product of thousands of hours of interviews. The author unearths a mostly buried aspect of Russian history. There’s a great deal that’s moving and memorable about the hardships described.

But it’s possible to read this book and have reservations about it. Because so much praise has already been heaped on Alexievich and on this volume, I’m going to place my own reservations first.

Many of the author’s interviews, in this book and others, are repetitive in their facts and their tone. An original voice is rare. Is Alexievich a gifted, probing interviewer? It’s hard to say. Her own questions are rarely included.

You consume this lumpy raw material and wonder how a pricklier historian and journalist, a Masha Gessen or an Anne Applebaum, might process and deploy it.

Alexievich provides little context for her narratives. You only occasionally know where and why events are happening. This is by design. “I write not the history of a war, but the history of feelings,” she says in an introduction. “I am a historian of the soul.”

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Foto de Antonio Heredia (via El Cultural)

La guerra no tiene rostro de mujer

Svetlana Alexiévich

Traducción de Ioulia Dobrovolskaia. Debate. Barcelona, 2015. 360 páginas

FELIPE SAHAGÚN | 20/11/2015

¿Cómo se pudo derrumbar un imperio como el soviético sin apenas violencia? ¿Cómo explicar la capacidad de sacrificio del pueblo ruso, su inconmensurable sentido patriótico, en las condiciones más adversas? En las postrimerías de la perestroika de Mijaíl Gorbachov y en el caótico amanecer de la nueva Rusia alumbrada por Boris Yeltsin resonaron de nuevo esas preguntas. Las respuestas, mejor o peor documentadas, inevitablemente nos devuelven al siglo XIX de Tolstoi y de Dostoievski, a la revolución, al totalitarismo sanguinario de Stalin, a los campos siberianos, a las guerras frías y calientes del siglo XX y, sobre todo, a la invasión alemana en la segunda guerra mundial.

La periodista bielorrusa Svetlana Alexiévich (1948), galardonada este año con el Nobel de Literatura, lleva más de treinta años, desde 2000, en el exilio (en Francia y Alemania), luchando con censores y tiranos para dar voz a los sin voz, perfeccionando un género que ella misma describe como “novela colectiva”, “novela de confesión”, “épica coral o coro épico”. Su maestro es Alés Adamóvich, autor de novelas construidas a partir de las voces de la vida diaria, arrancadas del alma de miles de mujeres, niños y hombres. Manu Leguineche y Jesús Torbado aplicaron el mismo método en Los Topos para rescatar del olvido a muchas víctimas de la guerra civil española. Alexiévich lo ha hecho con las víctimas más ignoradas de Afganistán, de Chernóbil, de Chechenia, del descalabro soviético y de la segunda guerra mundial.

“No escribo la historia de la guerra, sino la historia de los sentimientos”, reconoce en la presentación de La guerra no tiene rostro de mujer, su primer libro de 1985. Alexiévich resume centenares de entrevistas con mujeres y algunos hombres que sobrevivieron a la invasión, ocupación y guerra de liberación contra los nazis entre 1941 y 1945. Tan importante o más que los testimonios, galería extraordinaria para un museo de la memoria, son los sentimientos que, tras cada entrevista, la reportera iba garabateando en un diario y que se recogen en la introducción del libro y en las primeras páginas de cada uno de los 16 capítulos de la obra. Por separado, formarían un magnífico ensayo.

Su guerra -con su llanto, sueños, hambre, frío y miseria-, como las de casi todas las mujeres que han combatido desde las campañas del Peloponeso en Grecia, sigue siendo desconocida. Pero gracias a Alexiévich, la de cerca de un millón de mujeres que participaron en el ejército soviético o como partisanas contra los alemanes en la segunda guerra mundial lo es ahora menos. Morózowa, francotiradora once veces condecorada por dar muerte a 75 alemanes, recuerda los escalofríos y el miedo que sacudieron su cuerpo el primer día que pasó del blanco de madera a un ser vivo. Su compañera de caza, Klavdia, no recuerda pájaros ni otros colores que el negro y el rojo. Liubov A. Chárnaia retiene, grabado en su memoria, el resplandor de Smolensk en llamas, la ciudad entera ardiendo, y días y noches sin dormir, cavando fosas comunes para enterrar a los muertos.

«Yo misma recogía los restos quemados», cuenta María V. Zholba, integrante de una organización clandestina. «Recogí a la familia de mi amiga… La gente buscaba huesos, pedacitos de ropa, lo que fuera, tratábamos de reconocer de quién eran. Cada uno buscaba a los suyos. Yo encontré un trozo de ropa y mi amiga dijo: «Es la blusa de mi mamá». Y se desmayó. Pronto comprendes que matar es mucho más difícil que morir».

Pueblos y ciudades incendiados, rostros desfigurados, brazos y piernas amputados, millones huyendo con lo puesto, niños, mujeres y ancianos aplastados por tanques o acribillados desde aviones, regimientos de transmisiones en Kursk que, en pocos días, perdían al ochenta por ciento de sus soldados varones y eran reemplazados por chicas, casi todas voluntarias, muchas menores de 18 años, recién salidas de la escuela.

“Los recuerdos no son historia ni literatura, simplemente son vida, llena de polvo, sin el retoque limpiador de la mano del artista”, le ha dicho alguien al comienzo. «Yo lo veo distinto», concluye. «Es justo ahí, en la calidez de la voz humana, donde se oculta la invencible tragedia de la existencia, su caos y su pasión, su carácter único e inescrutable, la realidad interior. Digamos, el alma de los sucesos. Para mí, los sentimientos son la realidad«.

Lee y descarga las primeras páginas del libro desde EL CULTURAL

 

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