
Madrid, 5 de julio de 2008
FELIPE SAHAGÚN
05/07/2008
CARGO: Profesor de la cátedra Henry Luce en el Bard College de Nueva York, escritor y periodista / EDAD: 56 años / CREDO: «Escribir buenos libros y seguir al margen de la política activa. No porque lo considere incompatible con el periodismo, sino porque nunca milité en un partido. Soy demasiado observador» / AFICIONES: El trabajo / SUEÑO: «Escribir al menos un libro que me sobreviva»
Muchos de sus lectores en The Guardian, The New York Review of Books, The New Yorker, Newsweek, Le Monde y The New York Times seguramente habrán devorado los ocho o nueve libros -«no recuerdo exactamente», comenta- que ha publicado. Su historia de los disidentes chinos, editada en castellano en 2007 con el título Elementos perniciosos (Ediciones Península), es imprescindible. Aunque la mayoría optará, probablemente, por Occidentalismo, Anglomanía o Asesinato en Amsterdam. En ellos encontramos, en palabras de Ryszard Kapuscinski, que le admiraba, un análisis «ingenioso, intuitivo y revelador» de los principales problemas de nuestro tiempo.
De niño sus padres solían traerlo todos los veranos de vacaciones a España y recorrían el país de arriba abajo, pero desde la muerte de Franco apenas ha vuelto. «Sólo dos veces estuve en Barcelona y ésta es la primera vez que piso Madrid desde 1972», reconocía el miércoles en la sede de los cursos de verano de FAES, la fundación del Partido Popular, en el centro de Navacerrada, al norte de Madrid, poco antes de participar en el seminario sobre La tiranía de lo políticamente correcto. Tiene dos hijas, una de 21 años y otra de uno, que nació en Nueva York, donde Buruma reside desde 2005, tras 13 años en Londres.
PREGUNTA.- ¿Qué ha sido lo más difícil de sus más de 20 años de periodista y escritor: explicar Asia a los occidentales o explicar Occidente a los asiáticos?
RESPUESTA.- No creo haber intentado nunca explicar Occidente a los asiáticos. Tampoco ha sido mi pretensión explicar Asia, eso suena muy grandilocuente: ¡Asia es tan diversa! Al principio, escribes para explicarte cosas a ti mismo. Es una forma de pensar. Cuando me pongo a escribir, de hecho rara vez sé las respuestas que voy a dar al lector. Más bien empieza uno con preguntas en la cabeza y, a medida que vas reflexionando y escribiendo, las cosas se van aclarando. Y en el proceso ofreces algo al lector. El escritor no es como el profesor que da lecciones.
P.- Anoche, repasando su biografía, leí que ha recibido en 2008 el Premio Erasmo y el premio de periodismo Shorenstein, uno de los más prestigiosos de la profesión. En la página de Internet de Shorenstein se puede escuchar un debate reciente, en el que usted participa, sobre la supuesta muerte o desaparición del corresponsal extranjero. ¿Tan negro ve su futuro?
R.- Estoy convencido de que el corresponsal extranjero sigue teniendo futuro. La función o el rol de la prensa, del periódico impreso, está cambiando, sin duda, al multiplicarse otros medios de llegar al lector, pero sigue habiendo una necesidad imperiosa de personas que cuenten el mundo que ven con sus ojos, no desde ordenadores lejanos en Nueva York o Madrid. Para entender el mundo no hay otra forma que ir a él y experimentarlo.
P.- En su intervención en este curso de FAES disertará sobre la tiranía del multiculturalismo y, corríjame si no es así, sobre el fracaso del multiculturalismo holandés, durante mucho tiempo considerado ejemplar.
R.- No estoy del todo seguro de que haya fracasado del todo. Como ideología sí creo que está más o menos liquidado. Hay aún algunos creyentes, pero la idea de que seres humanos de orígenes culturales diferentes deben permanecer separados y de que no se les puede criticar hagan lo que hagan por aferrarse a sus culturas particulares ha perdido mucha fuerza o credibilidad. Por ello, tampoco representa un peligro serio. Pero la combinación de los valores culturales particulares con la tradición cultural y la historia dominantes en una sociedad sigue siendo un enorme desafío. No tiene sentido decir que todos, de pronto, en una sociedad tienen que pertenecer a una misma cultura. Hay espacio, tiene que haberlo, para las diferencias.
P.- ¿El desafío nace de minorías radicales que requieren respuestas distintas conflicto por conflicto, país por país, o de una crisis estructural -como la que denunciaba Oriana Fallaci al final de su vida- de democracias occidentales incapaces de defender sus valores?
R.- Disiento por completo de esa idea de crisis estructural. El error que muchos cometen -y los críticos más dogmáticos del multiculturalismo caen en el mismo error, me temo, que los multiculturalistas- es que se concentran sólo en la cultura en vez de hacerlo en la política, que suele ser donde está el problema. A los violentos hay que combatirlos con información, con policía y con otros instrumentos a disposición de las democracias.
P.- ¿La democracia, pues, no corre peligro?
R.- Para nada. Las democracias no se han debilitado en absoluto. Hasta ahora han sobrevivido perfectamente y no creo que Al Qaeda las vaya a destruir.
P.- Observando las políticas de inmigración fuera de Holanda, ¿cree que algún país lo está haciendo mejor?
R.- No creo que haya ninguno que esté respondiendo al reto mucho mejor que los otros. Se trata de un problema común europeo y las respuestas a veces coinciden y a veces no.
P.- ¿Alguna posibilidad de que surja una respuesta más eficaz desde la UE?
R.- No tengo mucha confianza en que la UE sea más eficaz a la hora de resolver problemas nacionales internos. Me temo que estos problemas exigen soluciones dentro de cada uno de los estados nación.
P.- ¿Veremos algún cambio importante en Irak o en la lucha contra Al Qaeda con John McCain o Barack Obama en la Casa Blanca?
R.- Lo dudo. No veo cambios importantes. El que sea elegido tendrá que enfrentarse con una situación muy difícil y el margen de maniobra que tienen es mucho más estrecho del que se desprende de su retórica en la campaña. McCain tendrá que pensar en fórmulas para retirarse gradualmente de Irak y Obama no podrá retirarse tan rápido como desea. La diferencia no será tan importante.
P.- Mirando a Asia, un continente que usted conoce bien, ¿cree que estamos en el principio del fin de la guerra fría asiática?
R.- No estoy muy seguro. Parece claro que China será, no tardando, la potencia política dominante en el sur y en el este de Asia, pero Japón sigue teniendo una economía mucho más fuerte y subsistirán las tensiones. Japón teme ser dominada por China y ésta sigue preocupada por el poder militar potencial de Japón, pero los chinos han sido más eficaces en su diplomacia. Los japoneses siguen generando mucho recelo, así que seguirán las tensiones. No espero una guerra, pero tampoco armonía total.
P.- ¿Considera justificado el temor japonés a una Corea del Norte nuclearizada y el temor israelí a un Irán nuclearizado?
R.- Muchos japoneses están preocupados, pero las dos situaciones que plantea en su pregunta son muy diferentes. Irán es aún un país del tercer mundo, mucho más débil de lo que la gente cree, pero también es una potencia regional seria en Oriente Próximo y, en parte por la guerra iraquí, su posición se ha reforzado. Corea del Norte, en cambio, no tiene poder alguno y, si llegara a convertirse en una verdadera amenaza, China puede estrangular su economía como quien cierra un grifo. Por cierto, tampoco se debería sobreestimar la amenaza iraní.
P.- Usted ha estudiado las violaciones cometidas en Abu Ghraib y Guantánamo, y sus consecuencias. ¿Cuáles son las más preocupantes y qué se puede hacer a estas alturas?
R.- Para empezar, EEUU debería cambiar sus leyes y cerrar Guantánamo, pero el problema de fondo es la confrontación ideológica mundial entre regímenes autoritarios y democracias. Si EEUU practica la tortura, refuerza la posición de los regímenes autocráticos que hacen lo mismo de manera rutinaria, y las democracias pierden su autoridad moral. Los dictadores pueden señalarnos y decir «si EEUU lo hace, por qué no nosotros». Ésta es una de las principales consecuencias. Otra es que debilita la moral de los militares estadounidenses.
P.- ¿Ve alguna responsabilidad de Israel en el deterioro de la situación en Oriente Próximo? ¿Puede haber paz sin un Estado palestino viable y es posible dicho Estado si continúan construyéndose asentamientos?
R.- No. Los asentamientos tienen que terminarse y no terminarán mientras EEUU no presione firmemente a Israel, algo improbable gane quien gane las presidenciales. Ningún presidente cree que merece la pena invertir capital político presionando a Israel.
P.- ¿Es posible hacer frente a la crisis económica internacional sin cambiar el modelo de desarrollo que Occidente ha inventado y exportado al resto del mundo?
R.- Entiendo el dilema, pero no me parece realista pedir hoy a los chinos, a los indios o a otros pueblos en desarrollo que renuncien a la prosperidad de la que gozamos en Occidente. En China el problema se agrava porque, en un país autoritario, la mejora de su situación económica, el crecimiento económico, es casi la única fuente de legitimidad que le queda al régimen. Así que no van a cambiar y no estamos en condiciones de decirles que lo hagan. Por consiguiente, el modelo no cambiará y la respuesta habrá que buscarla en la tecnología y en fuentes alternativas de energía, no en una reducción del consumo que, aunque fuera deseable, es imposible.
P.- Al final de su libro sobre la disidencia china, publicado en 2001 [en España el año pasado], considera inevitable el final de la actual dinastía comunista que dirige China. ¿Algún cambio en su diagnóstico tras lo sucedido estos meses en el Tíbet, con el terremoto o en el ámbito de los derechos humanos?
R.- Sigo viendo los mismos problemas que detecté en mi libro: que el régimen autoritario hace tiempo que se desprendió del marxismo, de la ideología, y que su única legitimidad se basa en que las clases educadas de las grandes ciudades del país sigan enriqueciéndose. No es una base estable. En caso de crisis económica, la situación política puede volverse muy inestable. Es un sistema inflexible. En las democracias, en tiempos de crisis los ciudadanos pueden elegir otros gobiernos, criticar a los gobernantes en la prensa, hay válvulas de distensión. En China esas válvulas no existen y es peligroso.
P.- ¿Qué aconsejaría a todos los Casandras que vaticinan la superación de Occidente por Asia en 20 o 30 años?
R.- Que exageran. Primero habría que definir qué entendemos por Asia. ¿Incluímos a Japón? No olvidemos las tensiones que sigue habiendo entre Japón y China. Por supuesto que, de seguir creciendo como en los últimos años, China y la India reforzarán sus posiciones, pero el mundo es demasiado complejo para afirmar que una parte superará a otra. Occidente puede ver reducida su influencia, pero no se va a cruzar de brazos. EEUU y la UE también crecerán, y las principales innovaciones tecnológicas seguirán viniendo de EEUU, que disponen del sistema más flexible.
P.- ¿Ve algún aspecto positivo en iniciativas como la Alianza de Civilizaciones propiciada por el Gobierno español?
R.- ¿Qué significa exactamente la Alianza de Civilizaciones? ¿En qué se concreta?
P.- ¿Doy por respondida la pregunta?
R.- Ja, ja, ja…
P.- En su último artículo en The Guardian, titulado No more war games, del 30 de junio, afirma, tras un sesudo análisis del campeonato europeo de fútbol ganado por España, que el viejo nacionalismo europeo está en declive. ¿No está en contradicción con el no irlandés al Tratado de Lisboa?
R.- Mantengo que el nacionalismo europeo definido por la II Guerra Mundial está debilitándose, no que esté desapareciendo el patriotismo nacional. Son cosas distintas. El no irlandés, como los anteriores de Francia y Holanda, tienen menos que ver con la UE y sus tratados que con la desconfianza creciente en cada uno de estos países hacia sus elites políticas. Y cuando estas elites les dicen que el futuro es la UE y, a la vez, que tienen que aceptar cada día más inmigrantes, etcétera, provocan rechazo, pues muchos ciudadanos se sienten marginados, consideran que sus dirigentes no los escuchan. Los noes son, pues, un voto de protesta contra las elites y tienen poco que ver con la UE.
P.- ¿Apoyaría una intervención militar para poner fin a los abusos y crímenes de Robert Mugabe en Zimbabue?
R.- Es una cuestión hipotética, pero no me parece aconsejable la intervención de ninguna potencia occidental. Creo que la Unión Africana o, al menos, Sudáfrica deben aumentar su presión, pero no tiene por qué ser una intervención militar. Sudáfrica tiene medios para estrangular la economía de Zimbabue y para obligar a Mugabe a irse sin recurrir a la fuerza militar. Una intervención occidental, aunque acabase con Mugabe, confirmaría su falsa propaganda de resistencia al imperialismo occidental.
P.- ¿Coincide con quienes creen que hemos tenido ya bastante globalización?
R.- Globalización es otro término vago. Si nos referimos al comercio global o a fronteras cada vez más abiertas, estoy a favor. Si significa poder sin límites, sobre todo de EEUU o de las multinacionales, para actuar libremente como si fueran la respuesta a todos nuestros males, estoy en contra. Se necesitan mecanismos de compensación, pero en principio el comercio libre me parece una buena cosa.
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LA CUESTIÓN
– Imagínese por un segundo de consejero del próximo presidente de EEUU. ¿Qué le propondría para aislar a los yihadistas violentos?
– La clave está en una mejor información. Para empezar, se necesitan muchos más hablantes de árabe en organizaciones como la CIA. Es absurdo el reducido número de agentes con dominio del árabe que sigue teniendo. Hay que tener medios para infiltrarse, para cooperar, para saber lo que los potencialmente violentos están haciendo. La fuerza militar convencional en Oriente Próximo no es la respuesta. De hecho, puede empeorar las cosas. Necesitamos mejor información y buena policía, y esto requiere una acción internacional concertada que, aunque haya mejorado, me temo, por lo que me cuentan, que deja todavía mucho que desear. Los estadounidenses siguen muy celosos de sus secretos y son reacios a compartirlos.
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SU PROPIO MUNDO
«No tuve paciencia ni medios para hacer cine de verdad»
Viajero incansable, de padre holandés y madre inglesa, formado en Holanda y en Japón, es un internacionalista de vocación tardía que llega al periodismo de investigación con más de 30 años, tras especializarse en literatura e historia chinas en su país natal. Durante seis años estudió cine en la universidad japonesa de Nihon y, como el pirata de Sabina, sobrevivió como fotógrafo, actor, bailarín, traductor y crítico. ¿Qué libro recomendaría a un alumno hoy para entender mejor lo que está pasando en el mundo?
– Probablemente no le aconsejaría leer ningún libro político, pues quedan obsoletos casi antes de publicarse. Le aconsejaría, tal vez, leer novelas de Joseph Conrad como The secret agent o Under Western Eyes, pues ofrecen una visión mucho más profunda de la psicología de los revolucionarios violentos que ningún libro actual. Preferiría que leyeran literatura antes que política.
¿Cómo se pasa de ser un estudiante de cine a uno de los analistas internacionales más influyentes y prestigiosos?
– En la escuela y después, con veintitantos años, apenas escribí nada. Primero en la escuela de cine de Tokio, luego como fotógrafo, lo que me atraía era lo visual. Más tarde empecé a escribir crítica de cine y comprendí que disfrutaba más. No tenía paciencia ni medios para hacer cine de verdad, mientras que, con una máquina de escribir, podía hacer lo que quisiera. Y como resultó que no lo hacía mal, seguí por ese camino.
En estas transformaciones suele haber siempre alguna influencia decisiva. ¿Cuál fue la suya?
– Esa influencia existió, pero llegó algo más tarde. Por citar una, citaría a V. S. Naipaul. Siempre lo admiré y, de alguna manera, fue mi modelo, sobre todo lo que escribía sobre los países que visitaba no sólo para manifestar lo que sentía, para expresar su personalidad, sino para interrogarse a sí mismo sobre lo divino y lo humano. Además de gran escritor, Naipaul ofrece en sus libros una combinación muy atractiva: ascético y, a la vez, intelectual. Buscaba las respuestas políticas, económicas y sociales, pero, a la vez, escribía brillantemente en el sentido ascético y esa combinación siempre me atrajo mucho.
Imagínese en el jurado que debe conceder el Nobel de la Paz este año. ¿Tendría un candidato claro?
– No, no tengo un candidato claro. Pienso en Václav Havel, pero ya lo recibió, ¿o fue el de Literatura?
[El último presidente de Checoslovaquia ha sido candidato varios años, pero nunca lo ha ganado: ni el de la Paz ni el de Literatura].
