
Alberto Arce en Cabranes, el pueblo en el que vive junto a su familia FOTO: María Arce
Me habían dicho que entrevistar a Alberto Arce (Gijón, 1976) era como ir a buscar al coronel Kurtz a Cabranes: un hombre que ha visto al horror y ahora lo interroga, lo digiere, lo maldice en la plaza del pueblo, apartado del mundo. Él replica al símil con un verso de Vázquez Montalbán: el coronel Kurtz está “abandonado a las puertas de las peores galaxias”.
Arce ganó casi todos los premios de cine documental-por “To Shoot An Elephant” o “Nablus, la ciudad fantasma”-y de periodismo-se le escapó el Pullitzer por poco. Trabajó en la élite del oficio periodístico, como reportero de AP o del New York Times en América Central, pero antes se fogueó como freelance en Irak, Libia, Afganistán o Gaza.
Ganó casi todo, trabajó en los mejores medios, estuvo en casi todas partes, y de pronto dejó de estar. Durante quince años, Arce escribió sobre el hambre en Guatemala y sobre la ocupación de Cisjordania; sobre las bandas criminales en Haití y la policía de Honduras; sobre los talibanes de Afganistán y los narcos de México. Pero asomarse a los abismos del espíritu, frecuentar las peores calles del planeta-ahí están sus libros “Misrata calling”, sobre la guerra en Libia, o “Novato en nota roja”, sobre su corresponsalía en Honduras-no sale gratis. El cuerpo tolera una cierta dosis de espanto antes del colapso, que acabó llegando.
